
En teoría, porque en realidad no se lleva a cabo así en buena cantidad de casos, cada visitante debe llevar una vela a la casa en donde está instalada la ofrenda y a cambio de ello recibirá café, té, ponche, pan, tamales, o lo que hayan preparado las personas para los visitantes, que en el caso de las mejores ofrendas pueden llegar a ser miles a lo largo de la noche, en donde las personas (procedentes de alguno de los barrios de Ocotepec, de Cuernavaca o turistas nacionales y extranjeros que van a conocer la tradición) hacen colas, en algunos casos enormes, para ingresar a los domicilios en donde se encuentran montadas las ofrendas.
Sin embargo, no todo es color de rosa en estos festejos en donde las personas que efectúan las ofrendas a sus muertos deben desembolsar miles de pesos. Me comentaba un amigo que un conocido suyo que se pasó a vivir en esta demarcación de Ocotepec se le murió hace algunos meses un familiar, y de inmediato le cayó una comisión del pueblo para indicarle que tenía la obligación de hacer una ofrenda el 1 de noviembre. Así es como este pueblo tradicional perpetúa, también, de la mano de la dictadura de los usos y costumbres su tradición. Sin embargo, no es lo mismo continuar una tradición porque se está convencido de que debe ser preservada que perpetuarla por mecanismos coercitivos.
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