La independencia editorial es un principio fundamental en el periodismo
y la comunicación, que establece que los contenidos sean imparciales y no estén
influenciados por intereses externos. Este criterio también aplica a las
grandes empresas tecnológicas de comunicación. Sin embargo, las Big Tech (BT) a
menudo muestran sesgos y falta de independencia, que ante todo privilegian su modelo
de negocio, por lo que no extraña que actualmente se acoplen dócilmente a las
políticas conservadoras y autoritarias de Donald Trump.
La relación de las BT con tendencias autoritarias no es un fenómeno de
ahora, aunque los sucesos recientes advierten de una aceleración en el uso de
herramientas tecnológicas para impulsar agendas políticas con rasgos prácticamente
fascistas. Ninguna decisión puede entenderse fuera de su contexto, y tanto los
cambios anunciados por Meta en la moderación de contenidos como la creciente
influencia de figuras como Elon Musk en los círculos de poder, reflejan la
alianza cada vez más estrecha entre los entes público y privado.
Hoy la BT tienen una influencia en el gobierno estadunidense como nunca la
habían tenido. La concentración de la producción tecnológica y el manejo de la
información en espacios digitales ha dado a esas empresas un poder que supera
al de muchos Estados. Desde cambios en la moderación de contenidos en sus
plataformas, hasta donaciones millonarias a la campaña presidencial de Donald
Trump en Estados Unidos, las BT pasaron de influenciar el ámbito político a
formar parte del Estado. Elon Musk se ha convertido en un aliado clave de Trump:
desde que fue designado para dirigir el Departamento de Eficiencia
Gubernamental (Doge), su influencia se ha ido incrementando a pasos agigantados
y parece ser el verdadero vicepresidente de esa nación. Posición que ocupa no
solo por haber aportado más de 250 millones de dólares a la campaña presidencial
republicana, sino porque está a tono con la misma fiebre autoritaria que Trump cultiva.
Al mismo tiempo, Musk ha colocado en los puestos más altos de la oficina de
Administración de Personal a gente de su confianza dentro de la industria
tecnológica, que provienen de las empresas que él dirige.
Sobre las inclinaciones de Musk para dividir y polarizar un estudio
reciente sobre la plataforma X de Daniel Hickey, de la Universidad de
California en Berkeley, señala que el número promedio de publicaciones que
contenían discurso de odio pasó de 2.179 semanales previo a la compra a
3.246 después, lo que implica un incremento del 50%. Esto evidencia que Twitter
no era un páramo de tolerancia de cultivo de la alteridad, pero con Musk los
ataques, difamaciones, narrativas de odio se multiplicaron y son parte de la
nueva normalidad democrática que se vive en Estados Unidos.
En lo referente a la inteligencia artificial (IA) el modelo de Estados
Unidos no embona con el de otras naciones, tal como se vio recientemente en la
Cumbre Internacional de París por la IA, en donde se dio un choque ideológico
entre Estados Unidos y Europa respecto a cómo debe abordarse la regulación de
la IA. Mientras que la UE aboga por un enfoque más regulado y con dosis éticas,
de intervención y regulación estatal, Estados Unidos rechaza esas ideas, se
decanta por un modelo que priorice la innovación y el desarrollo sin
restricciones severas.
Estados Unidos es partidario de un enfoque más liberal en la IA, pero es
algo engañoso porque las política liberales impulsadas en el pasado no
impidieron establecer mecanismos regulatorios en determinados terrenos. En la
propuesta estadounidense destaca una postura ambigua: por un lado, se quiere
ser liberal a ultranza en la IA, pero no se ve ningún problema en imponer
aranceles a la exportación de mercancías de diversos países hacia Estados
Unidos. Lo cierto, es que para Estados Unidos prevalece una postura que
considera que la única manera de competir con China es evitar taxativas que
frenen el despliegue y desarrollo de la IA. Pero, además, Estados Unidos quiere
asegurar con su arrogancia característica —y más con un silvestre como Donald
Trump que de IA solo conoce la palabra— que las normas técnicas estadounidenses
sean consideradas como el estándar mundial, rechazando cualquier forma de
regulación que considere perjudicial para el crecimiento del sector.
La administración Trump prioriza el desarrollo de sistemas de IA que
carezcan de «sesgos ideológicos» y «agendas sociales manipuladas» con el fin de
mantener el liderazgo de Estados Unidos en el campo de la IA. No obstante,
aparte de estas declaraciones generales, no se han presentado estrategias
específicas para lograr este objetivo. Hasta el momento, la única acción
concreta ha sido la revocación de las regulaciones de IA establecidas por la
administración Biden.
Como sea, lo que sí es claro es que en la carrera de la IA Silicon
Valley ya no viaja sola en la autopista; en este momento los novedosos y revolucionarios
sistemas Deep Learning de modelos de lenguaje grandes (LLM), estilo Chat GPT,
se han vuelto un comoditie, algo que en buena medida se debe a los
chinos, y que no preludia de ninguna manera que Estados Unidos será quien
domine el sector. Sin embargo, más allá de enfoques lo cierto es que la IA
sigue completamente desvinculada de problemas estructurales como el racismo, la
pobreza, la discriminación, la inequidad y un extenso listado de problemas
fruto de la desigualdad social. Algunos de estos temas, al menos, son motivo de
preocupación de las naciones europeas, que propone un modelo de IA con
regulación pero que respete la privacidad y la libertad de expresión, algo que
el modelo chino aborrece y en donde todo contenido digital debe estar
disponible para la consulta de las fuerzas de seguridad y policía chinas.
Pero no nos vayamos con la finta de que la orientación de las políticas
de la administración Trump en IA, son una política libertaria al estar a favor
de la libertad de expresión, ya que son copia fiel de las propuestas de Elon Musk.
Eso quedó evidenciado con la intervención del vicepresidente Vance en la Cumbre
Internacional de París por la IA, en donde el contenido de su discurso fue un calco
de lo que Musk vocifera: prácticamente cero regulaciones exigibles en materia
de seguridad, transparencia o responsabilidad en el desarrollo de sistemas de
IA; pero eso si maximalista en cuanto se refiere a dividendos comerciales en
materia internacional y subvenciones estatales para las BT. Desde esta
perspectiva, cualquier intento regulatorio de otros países puede que sea visto
automáticamente como una amenaza.
Hoy la batalla por la IA parece claramente perfilada con tres modelos
que son el europeo, el estadounidense y el chino. De hecho, Estados Unidos
impulsó su plan Stargate con una inversión de hasta 500 mil millones de dólares
y que pronto le cayó como cubeta de agua fría el lanzamiento de DeepSeek. En el
caso de Europa durante la Cumbre Internacional de París por la IA se habló de
una inversión superior a 200 mil millones de dólares. En ambos casos no hay
claridad de dónde provendrán los dineros. En el caso de China se sabe que su
proyecto de IA está respaldado con 600 mil millones de dólares, que no hay duda
provendrán del sector público. Pero en todo caso, es claro que los modelos de
IA generativa basados en LLM ya dejaron de sorprender, todos tienden a emularse
y los nuevos derroteros están en nuevos entornos.
Pero a ver si es cierto que estos
fundamentalistas de la libertad de expresión como Trump, Musk, Vance y compañía
quieren aplicar los mismos criterios a la ingeniería genética, eliminar las limitaciones
en la transferencia masiva de genes. A ver si estos radicales de la libertad de
expresión acaban con esas limitaciones, proponen hacer a un lado las moratorias
y los criterios éticos y morales sobre este tipo de ediciones genéticas y dar
luz verde a prácticas que puedan llevar al «diseño de infantes». Ya veremos si
duermen como roncan.
Lo que si queda claro es que
Estados Unidos se ha enfrascado en una defensa a ultranza de sus BT, que desea
propulsarlos como sus instrumentos ideológicos, de soft power,
reduciendo la hegemonía del planeta a una batalla de aranceles y tecnología de
punta. Para quienes dicen que Trump impulsa un nuevo Plan Marshall, se
equivocan ya que dicho plan buscaba reconstruir y cooperar, las políticas de
Trump en cambio se centran en destruir, en proteger los intereses económicos de
Estados Unidos y de sus BT y evitar depender de otros países regresando al made
in USA.
Pero algo parece claro: los vientos que soplarán en el futuro en el
campo de las nuevas tecnologías no será nada halagüeño. Lo cierto es que todo
lo que suceda en el campo de las nuevas tecnologías, con los ideólogos
incendiarios que enarbolan la plena libertad de expresión, es la expresión de que
la democracia después de avanzar durante décadas ahora se encuentra en una
verdadera recesión, con varias naciones retrocediendo, con el ascenso de
políticos populistas autoritarios de derecha e izquierda. El fenómeno de «la
democracia antiliberal», como dice Zakaria, se ha convertido en una industria
en auge.
Publicado en La Jornada Morelos
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