La era de la extracción

miércoles, 28 de enero de 2026

En el reciente libro de Tim Wu, The Age of Extraction, aborda el fenómeno de la extracción como eje central sobre el cual gira la creación de riqueza de las grandes plataformas de internet. Autor de libros como El interruptor principal. Auge y caída de los imperios de la información o Comerciantes de atención: La lucha épica por entrar en nuestra cabeza, se ha convertido en uno de los estudiosos y expertos más importantes en el campo de los monopolios generados por las grandes empresas tecnológicas. Como una referencia para estudiar lo que pesan los titanes de internet en esta nueva era de comunicación, Wu explica que estos gigantes para reforzar el poder de sus plataformas, viven en una permanente lucha de invención de interfaces y servicios con el fin de conquistar un recurso escaso: la atención humana. Para lograr esto se valen de cuestiones legítimas e ilegítimas.

La técnica siempre ha sido concebida como promesa. Cada máquina parecía una victoria contra la escasez; cada avance, una liberación de las sujeciones del tiempo, del esfuerzo o de la ignorancia. El siglo XX heredó esa fe; aunque ya heridas por la experiencia de las guerras y las ideologías totalitarias, las sociedades occidentales pusieron en marcha el credo por la tecnología. En el escenario de posguerra floreció la teoría de la modernización, que partía de que la tecnología, libre mercado y democracia era una triada indisociable; a fines de milenio, con la irrupción y masificación de internet y las tecnologías digitales, el entusiasmo se potenció bajo una nueva convicción: la red como espacio de igualdad, apertura, comercio  y comunicación universal.

Tim Wu indica que hoy, esa promesa está en entredicho. No porque la tecnología se haya estancado —al contrario, nunca ha sido tan eficaz—, sino porque su fuerza ha revelado una paradoja inquietante: cuanto más se propala una tecnología y cuando más conectados están los humanos, más desigualmente distribuido se encuentra el poder; cuanto más fluye la información, más concentrada está la riqueza; cuanto más se invoca a la humanidad, más prescindibles parecen los humanos concretos. Cuanto más posibilidades existe que técnicamente sea factible alcanzar la democracia, lo que tenemos son líderes autoritarios, populismos desenfrenados de derecha e izquierda, protestas erráticas y a veces violentas, a menudo capturadas por discursos autoritarios que prometen restaurar un orden perdido; así, las plataformas han facilitado el autoritarismo; la democracia, que requiere lentitud, deliberación y mediaciones es despedazada por la economía de la atención que premia lo contrario: rapidez, simplificación, indignación. Eso es caldo de cultivo para que el discurso autoritario prospere.

Pero lo que han inaugurado las plataformas es un periodo histórico que puede ser definido como la era de la extracción. Por tal calificativo Tim Wu no designa un colapso, sino algo más sutil: un desplazamiento del centro de gravedad del capitalismo. Ya no se trata principalmente de producir, sino de extraer; no de crear valor, sino de capturarlo allí donde otros lo generan. Es una mutación silenciosa, pero profunda, comparable a la transición de las economías mercantiles a las industriales, o de éstas a las financieras. Estamos ante una economía que vive de intermediaciones, de peajes invisibles, de datos convertidos en renta. Wu dibuja el esquema de extracción usado por las plataformas, que son los dueños de tales infraestructuras, que ha erigido monopolios en distintos terrenos (nube, mercados, transacciones y atención de los usuarios). Los mecanismos usados para extraer la riqueza es vía el control del acceso a las plataformas, la imposición de comisiones a quienes desean lucrar con las mismas plataformas, capturando los datos de los usuarios, redefiniendo las reglas del mercado, haciendo que otros asuman riesgos mientras ellos capturan las rentas.

Wu dice, apoyándose en una metáfora, que el poder de las plataformas es catalítico: El catalizador no produce la reacción, la acelera y se beneficia de ella sin consumirse. Las plataformas son de esa manera intermediarios, que tienen el lugar privilegiado de ser un mediador imprescindible. Así operan las grandes empresas digitales: no producen contenido, pero amplifican lo que sus usuarios postean; no crean demanda, pero la redirigen; no generan relaciones sociales, pero las que se dan entre las personas las monetiza. De esa manera, el poder se torna más eficaz cuanto menos visible es. El usuario no siente que le cobran, simplemente acepta condiciones. El trabajador no negocia, se adapta a métricas opacas. El consumidor no elige del todo, sigue sus gustos y recomendaciones personalizadas que confunden deseo con destino. La catálisis no es neutral. Al acelerar ciertos procesos —polarización, viralidad, competencia extrema—, las plataformas moldean la vida social. No dictan ideologías, pero sí intensifican pasiones ideológicas. No gobiernan directamente, pero alteran el clima en el que la política se vuelve posible.

En la economía clásica, el capital necesitaba del trabajo como fuente visible de riqueza; la fábrica era el espacio de conflicto, la zona en donde se desprendía la disputa entre empleados y propietarios o gerentes, era reconocible. Hoy, la extracción ocurre en una zona nebulosa: la interfaz. La persona trabaja sin saberlo; el creador depende de la plataforma sin posibilidad de negociar; el pequeño productor existe a condición de ser indexado, rankeado, recomendado o invisibilizado por un algoritmo. En síntesis, en vez de estar ante una nueva economía, se está ante una vieja economía propulsada por nuevas tecnologías, ya que se reproducen, como en el pasado, el monopolio, la renta y el control de infraestructura; así los rancios principios del poder económico, hoy son potenciados por software, datos, redes globales y procesos de automatización.

Otra de las cuestiones que se desprende de la lectura del libro es que un problema central derivado de las grandes plataformas no es sólo la desigualdad económica y la creación de precariado, sino coadyuvar al resentimiento social. Wu observa que las tecnologías contemporáneas, lejos de pacificar, pueden exacerbar divisiones. No porque «radicalicen» por sí mismas, sino porque al mismo tiempo que exponen brutalmente las asimetrías sociales, también tales molestias sociales son aprovechadas por líderes populistas y autoritarios. La figura de Donald Trump aparece como síntoma: su uso de las plataformas sociales, en particular de truthsocial.com y X, muestra cómo ha sido la persona más influyente a escala global, difundiendo su megalomanía imperial, evidenciando cómo el poder político puede aprovechar la lógica algorítmica para generar una pugna permanente.

Para Wu está claro que las plataformas no han fortalecido la democracia, ya que han sido usadas eficazmente por movimientos autoritarios, que se valen de un abanico de mecanismos para amplificar y propagar los discursos extremistas y autoritarios, propalando la desinformación de forma rentable, erosionando las instituciones. En el contexto de Trump, las plataformas le han dado visibilidad permanente, la verdad se subordina al efecto, la polarización y descalificación al por mayor se vuelven habituales y gasolina para encumbrar su figura. La tecnología no dicta el contenido, pero sí amplifica su eficacia. Para Wu las plataformas son aceleradores, no causas únicas, de una deriva antidemocrática.

Otro aspecto destacado que aborda Wu, es el relativo a la inteligencia artificial (IA), tiene una postura mesurada, pero inscrita en su concepción del papel que juegan las grandes plataformas. Ciertamente no la demoniza, pero tampoco comparte el optimismo ingenuo que se propaga en la actualidad. La IA no es un sujeto moral, es una tecnología inscrita en una estructura económica. Bajo las reglas actuales, tiende a beneficiar a quienes controlan los datos, la infraestructura y el capital. Es cierto que la IA puede aumentar la productividad, pero también es verdad que puede desplazar trabajadores, reforzar monopolios y convertir el conocimiento en renta privada. La pregunta no es qué puede hacer la IA, sino quién decide para qué se usa y cómo se distribuyen sus beneficios. Sin reformas estructurales, técnicamente sensatas, la IA no reducirá la desigualdad: la acelerará.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos

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