Sin rubor alguno pasamos del entusiasmo desmedido por el
porvenir a un retraimiento que se sumerge en lo incierto del futuro. Primero se
habló de conquistar el devenir de mano de las nuevas tecnologías en el campo
educativo, pero ahora ya se piensa que lo bueno y realmente revolucionario
estaba en el pasado. En una época lo digital era la panacea que sacaría de la
oscuridad a las nuevas generaciones, era la ruta para que los infantes se pertrecharan
de nuevas competencias, pero ahora se dice que en los formatos convencionales y
la sustitución de lo digital por libros en papel en el aula es en donde está la
capacidad de agencia de las nuevas generaciones.
La educación digital tiene un sólido caminar que la ha
llevado por distintos derroteros y estrategias como la correspondencia o hasta
las plataformas en línea e impulsadas por avances tecnológicos y
computacionales. El pionero en esto ha sido Estados Unidos, que ya desde los
años 60 de siglo pasado impulso PLATO (Programmed Logic for Automated Teaching
Operations) que fue el primer sistema de cómputo para aprendizaje y enseñanza
asistida por computadora, después le siguieron experiencias en Arpanet en los
años 70 y con la Web en la última década del siglo XX o el e-learning
por esos mimos años.
Fue así como la educación se abrió camino y fue adoptada
a lo largo y ancho del planeta por diversos países como Reino Unido, Noruega,
Francia y varios otros que impulsaron políticas públicas en el campo educativo.
Se pensó que con interfaces como tabletas, laptops, o smartphones
el éxito estaba seguro; ejemplo de esto es que ya en 2005 se lanzó desde el MIT
por su entusiasta promotor Nicholas Negroponte el One Laptop per Child (OLPC)
con la idea de entregar laptops de bajo costo a niños, cuestión que
pronto se mimetizó y se propagaron las políticas educativas en algunos países
de África; en Latinoamérica Uruguay (Plan Ceibal) o Argentina (Conectar
Igualdad) fueron también expresiones de ese entusiasmo. Incluso México tuvo su
momento de ese frenesí con Enciclomedia.
Pero hoy diversos países viajan en sentido inverso: han
implementado prohibiciones o restricciones estrictas sobre el uso de celulares
y dispositivos digitales en las aulas de educación básica (primaria y
secundaria), motivados principalmente por preocupaciones relacionadas con la
distracción o falta de atención, el impacto en la salud mental, el ciberacoso y
que en realidad tales recursos no mejoran el rendimiento académico de los infantes.
Son medidas que si bien en algunos casos no establecen una prohibición total de
la educación digital, sí limitan su uso recreativo o pedagógico. Así, naciones
otrora entusiastas por la educación básica apuntalada por las nuevas
tecnologías se retractan: Dinamarca, Francia, Corea del Sur, Noruega, Italia,
Países Bajos, o hasta algunos latinoamericanos como Chile, Brasil o incluso
México empiezan a poner taxativas al uso de smartphones, tabletas o laptops
en aulas de educación básica. Estas prohibiciones reflejan una tendencia global
hacia entornos educativos más controlados, en donde los maestros y los medios
convencionales tienen un papel más destacado, ideas que se amparan en informes
de la UNESCO y la OCDE que destacan el riesgo que puede generar el uso de lo
digital.
Si no fuera la primera vez que eso sucede sonaría como
algo incoherente. No es nuevo que el entusiasmo desmedido por el uso de una
tecnología es duramente desmentido por la realidad y sus resultados. Toda época
se piensa a sí misma como el umbral de algo definitorio hacia el porvenir, rara
vez como un regreso. Sin embargo, la historia —esa tozuda refutadora— se
encarga de recordar que el porvenir no siempre avanza en línea recta: a veces
oscila, duda, retrocede, se contradice. En el campo de la educación, este vaivén
adopta una forma particularmente curiosa: primero se dice con estridencia que
la luz emana de las pantallas, que el conocimiento ha encontrado por fin el manantial
y su vehículo natural está en el silicio y los algoritmos; luego, con una
mezcla de alarma moral, con pudor o ingenuidad se declara que todo fue una
confusión, que se quiso correr rápido y se ha tropezado, que ahora se ve que
las promesas prometidas no eran tales, que es urgente volver al papel, al
lápiz, al aula sin interferencias digitales.
Los humanos tendemos a investir a cada nueva tecnología
de una esperanza desmesurada: le pedimos que resuelva problemas que son, en el
fondo, humanos, históricos, inconclusos. Cuando inevitablemente falla —o cuando
revela efectos no esperados o situaciones incómodas— reaccionamos con
decepción, como si la herramienta nos hubiera traicionado o engañado. Se olvida
que fueron los mismos sapiens quienes depositaron en lo digital
expectativas casi metafísicas. Se quieren niños humanos, todo poderosos con
epistemes fuera de serie, y se quiere que la tecnología resuelva cualquier
situación educativa, que termine por emparejar cognitivamente a los alumnos y pasándose
por el arco del triunfo historias y particularidades existenciales e incluso biológicas.
Si en varios terrenos esta situación es similar, en el
campo educativo se magnifica porque se finca en la educación el anhelo de
continuidad y superación. Educar es apostar y competir por un mejor mañana; por
eso, cualquier innovación educativa se reviste de una retórica del porvenir y,
de paso, de una competencia entre modelos, escuelas y naciones. No decimos
simplemente «esto es útil», sino «esto es necesario», «esto es inevitable»,
«esto es el futuro», «quien no adopte esta tecnología quedará rezagado». Le
metemos demasiadas profecías a las políticas educativas, pero como decía el
desaparecido Castoriadis: toda profecía cuando se institucionaliza, corre el
riesgo de volverse dogma. Y todo dogma, tarde o temprano, provoca su descrédito
y herejía.
La historia nos ha enseñado que esos arrebatos de
plegarse al pasado son normales, sucede con cada tecnología nueva que se
masifica, lo vemos con ese frenesí que muestra un sector de melómanos por los
discos de vinil, los amantes de la lectura por los libros en papel para
oponerse a la avalancha de los ebooks. Además, son prácticas que se
tornan en mecánismos de identificación, que se propalan como modas y llevan a
establecer que lo cool hoy está en darle la espalda a la digitalización
y aborrecer las distopías, como lo hace un sector de la generación Z. Lo paradójico
es que lo que en el pasado era mainstream ahora pasa a ser alternativo.
Pero más allá de esto, en las fluctuaciones que se dan
en el campo de las políticas educativas, hoy en algunas naciones se idealiza el
pasado educativo como si hubiera sido un espacio de atención plena, de pensamiento
profundo y de vínculos auténticos. Se olvida que la escuela tradicional también
fue atacada por mecanizar el saber, de constreñir la creatividad, de imponer un
canon rígido. El cuaderno y el pizarrón, hoy celebrados como refugios de la
concentración, fueron en su día tecnologías nuevas, sospechosas, incluso
perturbadoras y que varios quisieron desterrar.
Pero lo paradójico es que mientras unos quieren meter
freno a las tecnologías digitales, otros quieren pisar más fuerte el
acelerador con la implementación de la
inteligencia artificial (IA) en la educación básica: en China desde el año pasado se volvió obligatorio el uso de la IA
con la finalidad de preparar a las nuevas generaciones para la economía
digital, para una educación personalizada y eficiente; lo mismo sucede en Corea
del Sur, Estonia o Singapur, que ven la incorporación de la IA en la educación básica
en la vía ideal para preparar a las nuevas generaciones para dominar los
chatbots y navegar con presteza entre los LLMs y saber vivir en un entorno
global más competitivo.
@tulios41
Publicado en La Jornada Morelos




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