Educación digital y contradicciones

miércoles, 28 de enero de 2026

Sin rubor alguno pasamos del entusiasmo desmedido por el porvenir a un retraimiento que se sumerge en lo incierto del futuro. Primero se habló de conquistar el devenir de mano de las nuevas tecnologías en el campo educativo, pero ahora ya se piensa que lo bueno y realmente revolucionario estaba en el pasado. En una época lo digital era la panacea que sacaría de la oscuridad a las nuevas generaciones, era la ruta para que los infantes se pertrecharan de nuevas competencias, pero ahora se dice que en los formatos convencionales y la sustitución de lo digital por libros en papel en el aula es en donde está la capacidad de agencia de las nuevas generaciones.

La educación digital tiene un sólido caminar que la ha llevado por distintos derroteros y estrategias como la correspondencia o hasta las plataformas en línea e impulsadas por avances tecnológicos y computacionales. El pionero en esto ha sido Estados Unidos, que ya desde los años 60 de siglo pasado impulso PLATO (Programmed Logic for Automated Teaching Operations) que fue el primer sistema de cómputo para aprendizaje y enseñanza asistida por computadora, después le siguieron experiencias en Arpanet en los años 70 y con la Web en la última década del siglo XX o el e-learning por esos mimos años. 

Fue así como la educación se abrió camino y fue adoptada a lo largo y ancho del planeta por diversos países como Reino Unido, Noruega, Francia y varios otros que impulsaron políticas públicas en el campo educativo. Se pensó que con interfaces como tabletas, laptops, o smartphones el éxito estaba seguro; ejemplo de esto es que ya en 2005 se lanzó desde el MIT por su entusiasta promotor Nicholas Negroponte el One Laptop per Child (OLPC) con la idea de entregar laptops de bajo costo a niños, cuestión que pronto se mimetizó y se propagaron las políticas educativas en algunos países de África; en Latinoamérica Uruguay (Plan Ceibal) o Argentina (Conectar Igualdad) fueron también expresiones de ese entusiasmo. Incluso México tuvo su momento de ese frenesí con Enciclomedia.

Pero hoy diversos países viajan en sentido inverso: han implementado prohibiciones o restricciones estrictas sobre el uso de celulares y dispositivos digitales en las aulas de educación básica (primaria y secundaria), motivados principalmente por preocupaciones relacionadas con la distracción o falta de atención, el impacto en la salud mental, el ciberacoso y que en realidad tales recursos no mejoran el rendimiento académico de los infantes. Son medidas que si bien en algunos casos no establecen una prohibición total de la educación digital, sí limitan su uso recreativo o pedagógico. Así, naciones otrora entusiastas por la educación básica apuntalada por las nuevas tecnologías se retractan: Dinamarca, Francia, Corea del Sur, Noruega, Italia, Países Bajos, o hasta algunos latinoamericanos como Chile, Brasil o incluso México empiezan a poner taxativas al uso de smartphones, tabletas o laptops en aulas de educación básica. Estas prohibiciones reflejan una tendencia global hacia entornos educativos más controlados, en donde los maestros y los medios convencionales tienen un papel más destacado, ideas que se amparan en informes de la UNESCO y la OCDE que destacan el riesgo que puede generar el uso de lo digital.

Si no fuera la primera vez que eso sucede sonaría como algo incoherente. No es nuevo que el entusiasmo desmedido por el uso de una tecnología es duramente desmentido por la realidad y sus resultados. Toda época se piensa a sí misma como el umbral de algo definitorio hacia el porvenir, rara vez como un regreso. Sin embargo, la historia —esa tozuda refutadora— se encarga de recordar que el porvenir no siempre avanza en línea recta: a veces oscila, duda, retrocede, se contradice. En el campo de la educación, este vaivén adopta una forma particularmente curiosa: primero se dice con estridencia que la luz emana de las pantallas, que el conocimiento ha encontrado por fin el manantial y su vehículo natural está en el silicio y los algoritmos; luego, con una mezcla de alarma moral, con pudor o ingenuidad se declara que todo fue una confusión, que se quiso correr rápido y se ha tropezado, que ahora se ve que las promesas prometidas no eran tales, que es urgente volver al papel, al lápiz, al aula sin interferencias digitales.

Los humanos tendemos a investir a cada nueva tecnología de una esperanza desmesurada: le pedimos que resuelva problemas que son, en el fondo, humanos, históricos, inconclusos. Cuando inevitablemente falla —o cuando revela efectos no esperados o situaciones incómodas— reaccionamos con decepción, como si la herramienta nos hubiera traicionado o engañado. Se olvida que fueron los mismos sapiens quienes depositaron en lo digital expectativas casi metafísicas. Se quieren niños humanos, todo poderosos con epistemes fuera de serie, y se quiere que la tecnología resuelva cualquier situación educativa, que termine por emparejar cognitivamente a los alumnos y pasándose por el arco del triunfo historias y particularidades existenciales e incluso biológicas.

Si en varios terrenos esta situación es similar, en el campo educativo se magnifica porque se finca en la educación el anhelo de continuidad y superación. Educar es apostar y competir por un mejor mañana; por eso, cualquier innovación educativa se reviste de una retórica del porvenir y, de paso, de una competencia entre modelos, escuelas y naciones. No decimos simplemente «esto es útil», sino «esto es necesario», «esto es inevitable», «esto es el futuro», «quien no adopte esta tecnología quedará rezagado». Le metemos demasiadas profecías a las políticas educativas, pero como decía el desaparecido Castoriadis: toda profecía cuando se institucionaliza, corre el riesgo de volverse dogma. Y todo dogma, tarde o temprano, provoca su descrédito y herejía.

La historia nos ha enseñado que esos arrebatos de plegarse al pasado son normales, sucede con cada tecnología nueva que se masifica, lo vemos con ese frenesí que muestra un sector de melómanos por los discos de vinil, los amantes de la lectura por los libros en papel para oponerse a la avalancha de los ebooks. Además, son prácticas que se tornan en mecánismos de identificación, que se propalan como modas y llevan a establecer que lo cool hoy está en darle la espalda a la digitalización y aborrecer las distopías, como lo hace un sector de la generación Z. Lo paradójico es que lo que en el pasado era mainstream ahora pasa a ser alternativo.

Pero más allá de esto, en las fluctuaciones que se dan en el campo de las políticas educativas, hoy en algunas naciones se idealiza el pasado educativo como si hubiera sido un espacio de atención plena, de pensamiento profundo y de vínculos auténticos. Se olvida que la escuela tradicional también fue atacada por mecanizar el saber, de constreñir la creatividad, de imponer un canon rígido. El cuaderno y el pizarrón, hoy celebrados como refugios de la concentración, fueron en su día tecnologías nuevas, sospechosas, incluso perturbadoras y que varios quisieron desterrar.

Pero lo paradójico es que mientras unos quieren meter freno a las tecnologías digitales, otros quieren pisar más fuerte el acelerador  con la implementación de la inteligencia artificial (IA) en la educación básica: en China desde el año  pasado se volvió obligatorio el uso de la IA con la finalidad de preparar a las nuevas generaciones para la economía digital, para una educación personalizada y eficiente; lo mismo sucede en Corea del Sur, Estonia o Singapur, que ven la incorporación de la IA en la educación básica en la vía ideal para preparar a las nuevas generaciones para dominar los chatbots y navegar con presteza entre los LLMs y saber vivir en un entorno global más competitivo.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos

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