El programa Stargate

martes, 18 de febrero de 2025

 

En la nueva administración presidencial de Trump, se observan dos velocidades en su enfoque sobre nuevas tecnologías y la economía. Por un lado, se busca implementar una agresiva política desregulatoria, apoyada por uno de los principales asesores de la Casa Blanca, Elon Musk, con el objetivo de aumentar la competitividad global de Estados Unidos y posicionarse como líder en sectores clave de las nuevas tecnologías. Sin embargo, al mismo tiempo, los actores seleccionados para llevar a cabo estos planes corren el riesgo de frenar la innovación, ya que podrían consolidar a un pequeño grupo de privilegiados, una élite, que conforme un entorno desigual y poniendo en duda la efectividad de esos esfuerzos. Al mismo tiempo, los proyectos a impulsarse pueden entrar en coalición cuando tales cerebros y egos entren en concurrencia.

Si se analiza la gestión de Trump durante su primer mandato, se puede observar una perspectiva marcada por la disparidad y la contradicción. Sus acciones, a menudo derivaron de arrebatos impredecibles, alternados con confrontaciones agresivas y, en ocasiones, intentos de colaboración. Hoy, algunas de las batallas que mantuvo, como su enfrentamiento con las grandes tecnológicas, parecen limadas. Ejemplo claro de ello es Meta, que ha optado por doblar la cabeza ante las políticas y criterios de Trump en cuanto al manejo de contenidos, y ahora respalda su interpretación ambigua y estricta de la libertad de expresión. Algo similar ha ocurrido con Jeff Bezos y otros que se alínean al servicio de Trump.

El vínculo establecido por Trump con Silicon Valley, particularmente con los líderes de las principales empresas, no solo refleja el interés directo de él en contar con esos actores como aliados de su administración, sino también les garantiza que no afectará el dominio oligopólico que ejercen. Pero ese sector no es homogéneo, ya que está marcado por la presencia de egos y rivalidades internas que pueden dificultar que actúen al unísono como bloque y adherirse a las políticas gubernamentales. De hecho, ya se dio un primer desencuentro que evidencia las tensiones latentes dentro de ese sector.

Inmediatamente después de que Trump derogó la orden ejecutiva de la administración Biden que buscaba regular la inteligencia artificial (IA), presentó el pasado miércoles el proyecto Stargate. Éste consiste en la creación de una empresa que contará con la participación de OpenAI, Oracle y Softbank. El objetivo principal de esa iniciativa es acelerar el desarrollo de la infraestructura necesaria para sistemas de IA en Estados Unidos. Además de las mencionadas empresas, el fondo soberano emiratí MGX también contribuirá al proyecto. Las entidades involucradas han acordado financiar esa ambiciosa aventura empresarial con un mínimo de 500 mil millones de dólares en un plazo de cuatro años.

El proyecto Stargate se propone hacer de Estados Unidos la nación líder en el ámbito de la IA. A través del desarrollo y despliegue de tecnologías de última generación, se busca superar a competidores internacionales, sobre todo China, y garantizar la supremacía estadounidense en sectores estratégicos como la medicina, la educación y el transporte.

Stargate no solo fortalecerá las tecnologías de vanguardia basadas en IA, sino que también tendrá un impacto significativo en la economía estadounidense. Esto se reflejará en la creación de nuevos productos para su comercialización, lo que, a su vez influirá en la economía global. Además, Stargate abrirá camino a la creación de empleos altamente especializados, consolidando a Estados Unidos como líder indiscutible en el ámbito de la IA y reforzando su posición de liderazgo global.

No obstante, al día siguiente de darse ese anuncio Elon Musk marcó su distancia. Cuestionó la viabilidad financiera de Stargate, que no cuenta con los fondos necesarios para cumplir con la inversión prometida. En particular, cuestionó la capacidad de Softbank de aportar suficiente capital, afirmando que ni siquiera cuenta con 10 mil millones de dólares. En este caso no se puede pasar por alto que Musk ha tenido una rivalidad directa con Sam Altman, CEO de OpenAI, figura clave en el proyecto Stargate (shre.ink/b3zX). Esta tensión entre Musk y Altman deriva de desacuerdos tenidos en el pasado sobre el enfoque y la dirección de OpenAI, lo que ha dado paso a una competencia entre ambos en el sector de la IA (shre.ink/b3zu).

Si bien es cierto que Musk fue nombrado para liderar el Departamento de Eficiencia Gubernamental en la administración de Trump, sus críticas al proyecto Stargate marcan un diferendo público con la administración que lo ha nombrado. Eso sugiere que, a pesar de su cercanía con Trump, Musk no puede dejar de hacer públicas sus opiniones (shre.ink/b3Rw). En las ideas de Musk se evidencian dudas financieras, rivalidades personales y egos afectados, pero que advierten que es difícil que él se alinee del todo con las expectativas de la administración Trump.

Eso desató en X un inusitado apoyo por Musk, señalando su papel visionario y sus devotos fans toman todo lo que él dice como si fuera la palabra de una deidad. De genio no lo bajaron y de que había superado a la misma Nasa por su política de conquista del espacio, de colonizar Marte. La figura de Elon Musk como visionario espacial y tecnológico por lo visto ha eclipsado a menudo el trabajo de instituciones como la Nasa y de proyectos financiados con fondos públicos. Sin embargo, se olvidan las bases sobre las cuales se construyen esas innovaciones.

El papel de la inversión pública ha sido clave en el desarrollo de las tecnologías de punta. La mayoría de las tecnologías disruptivas que vemos hoy en día, como la IA, los drones o los vehículos autónomos, tienen sus raíces en investigaciones financiadas con fondos públicos. Agencias como Darpa han sido fundamentales en el desarrollo de estas tecnologías, que luego han sido adoptadas y comercializadas por empresas privadas.

Pero hay dos cosas que quedan por ahora de ese exabrupto de Musk. Por un lado, Stargate puede ser motivo de discordias, que las relaciones entre Trump y Musk tendrán todavía desencuentros y veremos hasta donde resiste la liga. Por otra, aunque Stargate fuera un éxito, las tensiones comerciales con China ya han llevado a ese país a una revaluación de sus cadenas de suministro tecnológico; la actual encrucijada comercial y tecnológica obligará a las empresas asiáticas a rediseñar sus políticas, a diseñar sus propios chips de gama alta, lo que preludia no solo una rivalidad para los productos estadounidenses en los mercados internacionales, sino de una batalla con matices.

Artículo publicado en La Jornada Morelos.


De Twitter al Doge

lunes, 25 de noviembre de 2024

La compra de Twitter por parte de Elon Musk en octubre de 2022 dio paso a posturas polarizadas de empleados de Twitter, los directivos y la Junta Directiva y los mismos usuarios de esa plataforma. Pero lo más peculiar de esta operación fue el contexto en que se produjo: cuando las redes sociales se debatían en una crisis de identidad, mientras las nuevas generaciones buscaban horizontes digitales más allá de la monotonía de las plataformas tradicionales. La compra de Musk fue para muchos como un rayo en un cielo nublado, iluminando un paisaje que parecía estar perdiendo su brillo.

Lo inusitado de la compra estuvo en que Musk puso un ultimátum de 24 horas a la junta directiva de Twitter, un «tómalo o déjalo», algo inusual porque en vez de abrir camino a un proceso de negociación entre las partes interesadas, fue una adquisición impulsiva dada por el interés de Musk en devenir paladín de la libertad de expresión y su frenético deseo de «salvar» a Twitter del «virus de la mente despierta» («virus woke»).

Desde el momento que Musk adquirió Twitter, y le puso X, se dieron tres cuestiones paralelas. Por un lado se empezó a dar una reveladora retirada de anunciantes, cayendo notoriamente los ingresos publicitarios. Según datos de la misma plataforma, en el segundo trimestre de 2024 se redujo el 25% de ingresos, un 53% menos respecto al mismo periodo del año anterior. La fuga de anunciantes arreció tras los comentarios antisemitas de Musk, que dio paso al retiro publicitario de marcas como IBM, Disney y Apple. (shre.ink/gMI7, shre.ink/gMIL)

Otra cuestión fue que al interior de Twitter la llegada de Musk se tradujo en despidos masivos, ahorro intenso, un liderazgo déspota y el fin de las políticas de moderación de contenidos. El paso de Twitter a X hasta ahora se ha traducido en el despedido del 80% de los 7,500 empleados que contaba la plataforma, pero eso no ha contrarrestado cualquier ahorro potencial derivado de los despidos. Al mismo tiempo, brilla por su ausencia la prometida «interfaz multidimensional» que permitiría ofrecer diversos tipos de contenido que tendría a los usuarios en X durante horas, leyendo tuits, viendo videos y haciendo compras o pagos.

La última cuestión: desde que Musk se hizo de esa plataforma se favorecieron los puntos de vista políticos de derecha, se dio la espalda a los derechos humanos y el interés público. Así X, supuesto bastión de la libertad de expresión, se fue deslizando hacia la decadencia. Si bien antes de la llegada de Musk, no era precisamente un jardín de armonía, desde que el magnate tomó las riendas X se sumergió en el deterioro. La desinformación y los bulos decoraron los timeline, mientras odio e intolerancia se reproducían como virus y eran alimentados por una moderación inexistente. El feed algorítmico, diseñado para monopolizar la atención y generar interacciones lucrativas, convirtió a la plataforma en circo de polémicas y controversias. Los bots, supuestamente erradicados con el certificado de pago, se volvieron plaga devorando la credibilidad. La factura de ese declive ha llevado a que la confianza se evaporara, y con eso la esencia misma de la libertad de expresión que X pretendía defender.

Musk ha usado X como un megáfono para amplificar su propia agenda política y la de figuras alineadas con él. Ha sido rabioso propagandista de Donald Trump y estimulando ciertos discursos que van con su actual postura ideológico-política. Los efectos de sus imposturas se sienten en su valoración: X fue adquirida por 44,000 millones de dólares pero hoy su valor oscila entre 9,400 millones y 19,000 millones, lo que representa una pérdida de valor cercana al 80% (shre.ink/gMba).

Desde que Musk adquirió Twitter, se dio un notable éxodo de usuarios. Después del triunfo de Trump, la fuga se ha ahondado y ha sido acompañada con deserciones de importante medios de comunicación, de escritores y artistas. En una época era cool pertenecer a esa plataforma hoy lo cool es abandonarla. Al mismo tiempo, X sufre una carga financiera significativa, con una fuerte deuda y una severa caída en los ingresos, tema que en este momento no afecta a Musk porque ahora es parte de las ligas mayores de la administración estadounidense, que le reportará recompensas a sus negocios.

Es posible que Musk se haya convencido a sí mismo de que compró Twitter/X para garantizar la libertad de expresión. Pero la escueta verdad es que lo hizo porque quería ser propietario de su pasatiempo personal. Este acto de indulgencia revela un panorama más amplio y preocupante: la creciente brecha entre ricos y pobres. La capacidad de un individuo para acumular tal fortuna y gastarla en un impulso ideológico o personal es un reflejo de la desigualdad económica que azota al mundo. Pero también es un testimonio de la extravagancia de un hombre que compra una plataforma global para alimentar su ego, un lujo que raya en la soberbia. Arrogancia que se ha potenciado con su vinculación a Donald Trump.

Trump anunció recientemente que Musk estará, de manera honoraria, al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE). Su papel al frente del DOGE se alinea con una visión conservadora de desregular masivamente diversas áreas clave, de desmontar y reducir al mínimo los apoyos a salud, educación, medio ambiente, relaciones laborales, privacidad y tecnología, relaciones internacionales y tratados comerciales y libertad de expresión. Una estrategia basada en la creencia de que al eliminar regulaciones, dar paso a un Estado mínimo, se liberarán las potencialidades económicas y permitirá a Estados Unidos alcanzar una supremacía económica global. No importa si esos recortes exacerban la desigualdad económica y afectan fuertemente a los sectores más vulnerables de la sociedad, ya que el mercado es el único que coloca a cada persona en el lugar que debe tener en la sociedad y no interesa si se deteriora más la ya de por si maltratada calidad de los servicios públicos esenciales.

La visión de Musk para su nueva tarea es una mezcla de grandiosidad y explotación. Con su sonrisa frívola y actitud despiadada, busca «patriotas» dispuestos a trabajar 80 horas a la semana sin remuneración, bajo el pretexto de que es una tarea para «engrandecer al país». Es una vil explotación laboral, un ultraje a los derechos de los trabajadores. Musk espera atraer a los «mejores» con la promesa de que trabajarán bajo su genialidad, pero en el fondo busca esclavos de élite, con alto coeficiente intelectual, dispuestos a sacrificar su bienestar por la visión de un iluminado.

Lo que desea llevar a cabo Musk es algo que impulsan una caterva de clarividentes como Peter Thiel, Travis Kalanick y otros, que actúan con base en sus propios datos, que aborrecen las regulaciones gubernamentales por considerarlas obstáculos para la innovación y la competencia. Así, la política desregulatoria que trazará Musk no solo socavará pilares esenciales de un abollado Estado benefactor estadounidense, sino que quiere hacer realidad lo que su teóloga Ayn Rand propone en La rebelión de Atlas.

Publicado en La Jornada Morelos, 201124

De menos que cero a Trump

viernes, 1 de noviembre de 2024

 

Bret Easton Ellis (Menos que cero, American Psycho, Glamourama, Lunar Park y Blanco), un cronista mordaz de la decadencia y la vacuidad de la generación X, nació en 1964 en Los Ángeles, en medio del glamur y la frivolidad. Criado en las anodinas calles de Sherman Oaks, en el Valle de San Fernando, él encontró en la escritura refugio para explorar la oscuridad de un sector juvenil de Estados Unidos. A los veinte años, con la audacia de joven narrador maldito, escribió Menos que cero, novela que retrataba la vacuidad existencial de la generación X, la adicción a las drogas y el vacío emocional que ocultaban las fiestas desenfrenadas. Su publicación en 1985 lo catapultó al éxito, convirtiéndolo en millonario a temprana edad y consolidando su nombre como escritor provocador y controversial.

Menos que cero fue provocadora, no solo retrató la vida decadente y superficial de un grupo de estudiantes ricos en Los Ángeles durante los años ochenta, sino por vivir en medio de una alta ingesta de alcohol, drogas y sexo. Desde esa primera novela Ellis no sólo dejó plasmado su interés por los temas sexuales, sino que jugó con la idea de su bisexualidad y dibujó lo que era el camino al éxito de los yuppies.

Su narrativa me cautivó en los años noventa, unida de manera inseparable a los vibrantes ecos de la música que la acompañaban. Las grandes bandas de rock y los músicos emblemáticos de las décadas de los setenta y ochenta desfilaban por los libros de Ellis, convirtiéndose en un seductor ingrediente para quienes gustábamos del rock. Su prosa parecía resonar con los acordes de Led Zeppelin, The Doors, Rolling Stones, The Velvet Underground, Ramones, David Bowie, The Clash o Talking Heads. Aunque su producción literaria fue esporádica, sus obras lograron forjar un núcleo de fieles lectores; sin embargo, hoy el otrora interés que despertaba se ha desvanecido, a medida que las nuevas tecnologías han conquistado la atención de amplios sectores de la sociedad.

En Blanco, Ellis no solo desvela las intimidades de su vida, sino que lanza una estocada certera a la cultura contemporánea. Hoy la narrativa ha perdido fuerza, debido a que la gente está habituada a otro tipo de contenidos, se prioriza el consumo rápido y accesible, haciendo que la escritura profunda y reflexiva pierda relevancia; hoy dominan el entretenimiento visual por lo que prevalece el interés por las redes sociales, el cine y la televisión. Al mismo tiempo, vivimos una era dominada por un consumo fragmentado, las múltiples audiencias consumen varios productos culturales; al mismo tiempo, surgen modalidades de autopublicación que conducen a una saturación de oferta narrativa, haciendo difícil a las obras literarias destacar y captar la atención de los lectores.

Ellis apunta que muchos han caído bajo el embrujo de esa idea de que cualquiera es escritor o dramaturgo, de que cada uno posee una voz especial y algo importante que decir y eso se expresa en las negras fauces de las redes sociales todos los días. Hemos llegado a la era donde la escritura se ha democratizado, en donde se proclama que cualquier persona es competente para narrar. Se proclama que todo el mundo puede escribir un libro, como si las palabras fluyeran con la misma facilidad con que respiramos.

Señala que todo se ha vuelto no solo efímero, sino también de alcance limitado: «del mismo modo que la idea de la gran película americana o el gran grupo musical americano ha empequeñecido, se ha estrechado. Todo se ha degradado por la sobrecarga sensorial y la supuesta libertad de elección que nos ha traído la tecnología y, en resumen, por la democratización de las artes».

Hay algo de razón en esto, pero Ellis no dice nada a la inteligencia artificial (IA), ya que con la misma estamos instalados en la era en que la escritura ya no es importante porque la IA lo puede hacer, lo importante es saber manejar los LLM (Large language models), por lo que para un escritor no importa escribir, son más importante las preguntas (los prompt) que hace a la IA y la posescritura (la depuración de lo escrito por la IA).

Ellis contrasta de manera nostálgica el pasado, su juventud y los años setenta y ochenta que es una crítica a las nuevas generaciones, a los llamados millennials, centennials o nativos digitales. En el pasado se podía discutir con otros y criticar lo que escribía o sus posiciones políticas, «cuando se discrepaba [...] la discusión era racional, cuando las opiniones estaban movidas por la pasión y la lógica. En aquella época la censura corporativa no se aceptaba con tanta facilidad. No podías decir que no deberían haber escrito un programa de la HBO por su presunto (que no demostrado) racismo. Todavía no existía eso del delito de pensamiento, una acusación cotidiana en nuestros tiempos».

Lo que Ellis critica es el llamado «wokismo», la forma de activismo social y político centrado en la justicia social, la igualdad y la lucha contra la opresión, que busca y encuentra injusticia y desigualdad en el lenguaje y muchas acciones diarias. Reflexiona sobre cómo la piel de las nuevas generaciones se ha vuelto muy delgada. «Los millennials, su sensación de tener derecho a todo, su insistencia en tener siempre la razón a pesar de las en ocasiones abrumadoras pruebas en contra, su incapacidad para considerar las cosas en su contexto, su tendencia general a la reacción excesiva y al optimismo pasivo-agresivo…»

Echa de menos su época cuando incluso Hollywood, las universidades y los medios de comunicación eran partidarios de la libertad de expresión, en cambio hoy se regodean en señales contradictorias y la hipocresía moral. «Al grado que se ha terminado por confundir constantemente pensamientos y opiniones con delitos reales. Los sentimientos no son hechos y las opiniones no son delitos y la estética todavía cuenta; y la razón por la que soy escritor es para presentar una estética, cosas que son ciertas sin que tengan que ser siempre reales o inmutables».

En Blanco —publicado en 2020— se da tiempo para analiza que la misma política ha ido a tono con la superficialidad del capitalismo moderno. Ellis analiza la figura de Trump en el contexto de la sociedad actual, en donde es visto por un sector de estadounidenses con fascinación. Las redes sociales son espacios para el resentimiento social y la política canaliza eso. Es verdad que todas las sociedades, independientemente de su nivel de avance, tienen un trasfondo de resentimiento contra los sectores educados y un persistente apego cultural a la sabiduría popular, pero Ellis soslaya que el populismo justamente atiza el resentimiento y nutre la polarización. No sé qué pensará Ellis hoy de Trump, pero en Blanco sugiere que es parte de la anomalía digital, a tono con los tiempos dominados por el culto a lo virtual y lo estridente, pero que no deja de ser una postura política, lo cual es una actitud pobre sobre los terribles efectos que tiene para la vida pública de Estados Unidos el populismo trumpiano.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos 301024

Poder y progreso


Daron Acemoğlu, Simon Johnson y James Robinson, destacados economistas, han sido reconocidos con el Premio Nobel de Economía 2024 por sus investigaciones sobre el papel de las instituciones en el crecimiento económico y la prosperidad. Según su teoría, el éxito de una nación no es fruto del azar, sino del diseño y funcionamiento de sus instituciones políticas y económicas. Los países más prósperos del orbe deben su riqueza a sistemas inclusivos que fomentan la participación, la justicia y la igualdad de oportunidades. Por el contrario, las naciones en desarrollo están frenadas por instituciones extractivas que concentran el poder y los recursos en manos de unos pocos, obstaculizando el progreso. Acemoğlu, Johnson y Robinson desdeñan la idea de que factores geográficos, culturales o la abundancia de recursos naturales sean los principales motores del desarrollo económico. En su lugar, enfatizan la importancia de instituciones sólidas, que promuevan la innovación, la inversión y la movilidad social. Su trabajo resalta la interconexión entre instituciones, crecimiento económico y bienestar social, brindando lecciones para implementar políticas públicas efectivas y un desarrollo sostenible.

Aquí reseñaremos dos de sus obras principales. En una de ellas, y más conocida en México, Por qué fracasan los países, Acemoğlu y Johnson toman como ejemplo a Nogales una ciudad dividida por la frontera entre Estados Unidos y México —la de Arizona y de Sonora—, para ilustrar cómo las instituciones, más que la geografía, la cultura o los recursos naturales, determinan el éxito o fracaso de una nación. Los autores se preguntan: «¿Cómo pueden ser tan distintas las dos mitades de lo que es, esencialmente, la misma ciudad? No hay diferencias en el clima, la situación geográfica ni los tipos de enfermedades presentes en la zona, ya que los gérmenes no se enfrentan a ninguna restricción al cruzar la frontera entre ambos países. Evidentemente, las condiciones sanitarias son muy distintas, pero esto no tiene nada que ver con el entorno de las enfermedades, sino que se debe a que la población al sur de la frontera vive en peores condiciones sanitarias y carece de una atención médica digna».

Las dos Nogales son como dos hermanos gemelos que crecieron en hogares  distintos. Aunque comparten el mismo origen y viven a solo unos kilómetros de distancia, las vidas de sus habitantes son completamente diferentes. En Arizona, la gente vive más tiempo, gana más dinero, tiene mejores escuelas y se siente más segura. ¿Por qué? Porque las reglas del juego son distintas. En Estados Unidos, las instituciones están diseñadas para que todos tengan las mismas oportunidades, mientras que en México el poder suele estar concentrado en pocas manos y las oportunidades son más limitadas.

El capitalismo mexicano, lejos de promover la competencia y el bienestar general, ha consolidado un sistema oligárquico donde una élite se beneficia de manera desproporcionada. La privatización de empresas estatales, como Telmex, ha sido un mecanismo clave para esta concentración de poder. La adquisición de Telmex por parte de Carlos Slim, en condiciones privilegiadas, es un ejemplo emblemático de cómo las élites utilizan su influencia política para enriquecerse a costa del interés público.

En Poder y progreso (escrito por Acemoğlu y Simon Johnson), los autores se adentran en el análisis de la relación entre tecnología, poder y progreso económico, ofrecen un análisis de cómo la innovación tecnológica ha moldeado la historia de la humanidad y cómo, a su vez, el poder político y económico han influido en los derroteros y la dirección de la tecnología.

La obra se entra en analizar la sociedad estadunidense. El texto aborda cómo la IA lejos de generar empleo, está exacerbando las desigualdades globales. Al automatizar trabajos y demandar una fuerza laboral altamente especializada, la IA deja atrás a millones de personas en países en desarrollo, donde los recursos educativos y económicos son limitados. Esta trayectoria tecnológica amenaza con ampliar la brecha entre ricos y pobres. La obra alerta sobre el peligro de que la IA se convierta en una fuerza desestabilizadora en el mercado laboral global. Al automatizar trabajos y demandar una fuerza laboral altamente calificada, la IA amenaza con generar un desempleo masivo en países en desarrollo, con efectos sociales y económicas devastadores.

Es curioso, señalan los autores, que la IA sea tan popular a pesar de no mejorar la productividad de manera significativa ni superar notoriamente las capacidades laborales humanas. Esto suposición se debe a que las empresas que recopilan grandes cantidades de datos obtienen ganancias con la publicidad personalizada. En realidad, un pequeño grupo de emprendedores, ejecutivos, visionarios y, en algunos casos, líderes políticos, son quienes deciden el rumbo de la IA. Sus decisiones determinan quién se beneficia y quién sale perdiendo con la innovación tecnológica.

Los autores reconocen que si bien la tecnología no nace con una dirección predeterminada, nada que tenga que ver con ella es inevitable. En gran medida, la tecnología ha aumentado la desigualdad por las decisiones que toman las empresas y otros actores con poder. La única manera de atenuar los efectos nocivos de la IA depende del papel de las instituciones y las políticas que emprendan. El impacto de la IA en el empleo dependerá de cómo se diseñe, implemente y regule. En tal sentido, las instituciones políticas y económicas desempeñan un papel crucial en la forma en que se adopte y use; se requiere diseñar instituciones inclusivas para garantizar que los beneficios de la IA se distribuyan en la sociedad; los gobiernos deben impulsar el diseño de políticas públicas que promuevan la creación de empleos de calidad, la educación y la capacitación, y que protejan a los trabajadores de los efectos negativos de la automatización, pero también los autores enfatizan que las personas no capacitadas o desplazadas por la IA puedan seguir teniendo actividades que llevar a cabo.

Además, se sugiere implementar una reforma fiscal, ya que el sistema tributario actual en muchas economías industrializadas incentiva la automatización. La idea es eliminar las desgravaciones excesivas para las empresas que invierten en software y maquinaria. El objetivo es que las compañías que invierten en tecnología para la automatización no continúen pagando impuestos más bajos que las aplicadas a la mano de obra humana para realizar las mismas tareas. Esta desigualdad fomenta la automatización y esta política también se observa en los sistemas fiscales de otras economías occidentales, aunque en algunos casos, el desequilibrio es menos marcado.

Las instituciones políticas y económicas tienen un papel fundamental en cómo se gestiona la transición hacia una economía impulsada por la IA. Para los autores regular la IA es necesario, pero fragmentar las grandes tecnológicas y emprender acciones antimonopolio contra los gigantes tecnológicos es una medida complementaria al objetivo más importante: alejar la tecnología de la automatización, la vigilancia, la recopilación de datos y la publicidad digital.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos 231024

Medios públicos y retrocesos

 

Navegan entre dos aguas, por un lado pueden dar vida a  producciones de calidad, tener buenos espacios culturales alejados de fines comerciales; por otro, en materia de análisis de la realidad social y política su lente es corto y parcial, tienen urticaria por la diversidad de opiniones y posturas del espectro político. Así ha sido el caminar de los medios públicos en nuestro país.

A pesar de que artículo décimo transitorio de la reforma constitucional en materia de telecomunicaciones y radiodifusión de 2013 indica que los medios públicos deben ser plurales, no oficiales, eso es letra muerta. El citado artículo indica que los medios públicos federales, locales y de instituciones públicas «… que presten el servicio de radiodifusión deberán contar con independencia editorial; autonomía de gestión financiera; garantías de participación ciudadana; reglas claras para la transparencia y rendición de cuentas; defensa de sus contenidos; opciones de financiamiento; pleno acceso a tecnologías, y reglas para la expresión de diversidades ideológicas, étnicas y culturales».

El caminar en ese terreno ha sido desigual. Mientras que en los medios federales se avanzó desde el año 2000 hacia una mayor pluralidad, aunque con limitaciones financieras y debilidades editoriales, en los medios estatales esto ha sido prácticamente inexistente. Los medios públicos locales, han funcionado como extensiones de comunicación social, actuando como portavoces de los gobernadores en turno y replicando las políticas gubernamentales sin cuestionamiento. Han ignorado la diversidad social y política de sus regiones, enfocándose únicamente en destacar las políticas del gobierno. Sin embargo, esto no ha impedido que, ocasionalmente, cuenten con producciones de calidad en áreas culturales o científicas.

Si bien los medios públicos habían iniciado un camino hacia una programación más plural, reflejando la diversidad de la sociedad y la pluralidad política en sus noticiarios, este avance se dio a partir del año 2000, pero se vio truncado en el último sexenio. Debe reconocerse de imperfecciones y desafíos que aún persistían y deberían de subsanarse, pero lo logrado era un progreso no despreciable y eso lamentablemente se revirtió en el pasado sexenio.

Un claro ejemplo de esa regresión se manifiesta en la inefable «Hora Nacional», que durante el mandato de López Obrador regresó a ser mero apéndice de su área de comunicación social y un vehículo de propaganda gubernamental. Este fenómeno también se refleja en medios públicos como los Canales 11, 22 y 14 (SPR), siendo este último el más evidente en cuanto a su sesgo, ya que se dedica exclusivamente a transmitir contenidos que exaltan las políticas del gobierno morenista y sus funcionarios, alineándose con los intereses del régimen.

En enero de 2019, López Obrador declaró que esos medios públicos se convertirían en promotores de las libertades, la inclusión y la diversidad, además de espacios abiertos a difundir propuestas para abordar problemas sociales. Esta afirmación se realizó al presentar los nuevos coordinadores y directores del Sistema Público de Radio y Televisión, donde se prometió autonomía para los medios federales, pero también planteó la creación de un sistema unificado entre los sistemas públicos de comunicación con el fin de «informar con objetividad, profesionalismo e independencia». Afirmó que, a pesar de ser estaciones de radio y canales de televisión del Estado, no habría injerencia del gobierno en la información a transmitir. Pero fue mera añagaza, como lo confirmaron las programaciones de tales medios.

Se dijo que se crearían en las entidades sistemas públicos de radiodifusión que replicarían esa idea. Se habló de que la Ciudad de México y el Estado de Veracruz serían los sistema modelos o pilotos a replicar. Se puede decir que en la simulación se avanzó, y mucho, ya que sí se conformó en la Ciudad de México el SPR. Sin embargo, solo a eso se llegó.

Esa idea de pluralizar y dar paso a una verdadera etapa democrática de los medios públicos fue parte de esa logorrea que tan bueno fue para difundir el gobierno en el sexenio pasado. El ejemplo tangible de esto fue que 21 de diciembre de 2021 se dio a conocer el decreto de creación del Servicio de Medios Públicos de la Ciudad de México que de entrada violaba la Constitución capitalina que establece en su artículo 16 que «los poderes públicos crearán un Sistema Público de Radiodifusión de la Ciudad de México [...] operado por un organismo público descentralizado», independiente y, por tanto, no sectorizado. Pero el nuevo Servicio de Medios Públicos de la Ciudad de México quedó adscrito a la Secretaría de Cultura, pasando a ser un medio oficialista al servicio de la administración en turno.

La Constitución capitalina establecía —y sería similar en todo los SPR que se crearían— que se conformarían por consejos de administración y como órgano de gobierno por integrantes mayoritariamente ciudadanos sin compromisos partidarios. Además, se estipulaba que quien coordinara tal sistema sería designado por el Consejo de Administración, a partir de una terna propuesta por el Congreso de la Ciudad de México. Sin embargo, esta norma no se cumplió, ya que Claudia Sheinbaum nombró directamente al titular.

El Servicio de Medios Públicos de la Ciudad de México nació como medio oficialista y se anuló de facto la autonomía administrativa y de gestión del nuevo servicio, pero al mismo tiempo se convirtió en el ejemplo de cómo deberían de ser los medios públicos en general y el proceder de la 4T, de manera que a lo largo del año pasado se retrocedió en este terreno; de hecho, los otrora SPR proyectados nunca se implementaron.

La situación en las entidades sigue estancada, igual que en el pasado. No hay un retroceso notorio porque siempre han sido medios sumidos en el atraso. En esencia, han actuado como simples propagandistas de los gobiernos estatales. Esto se debe, en parte, a las audiencias escasas, a un sector que a cambio de tener un espacio para difundir su trabajo optan por ignorar o hacer como si no tuvieran ojos para ver la falta de diversidad de perspectivas que prevalece en tales medios. En última instancia, ese tipo de audiencias son los mayores obstáculos para los medios públicos, ya que perpetúan la falta de pluralidad y limitan la diversidad de voces y opiniones. Esto refleja una dinámica en la que la conveniencia y el mantenimiento del statu quo prevalecen sobre la búsqueda de medios más plurales y equilibrados en ideas y perspectivas.

Hoy no faltan las opiniones esperanzadas que ante nombramientos como el de Renata Turrent en la dirección de Canal 11, piensen que vienen mejores tiempos para ese medio y los otros. Sabiendo lo que Claudia Sheinbaum hizo con los Medios Públicos de la Ciudad de México, es de esperar que tales medios de difusión de Estado seguirán o contribuirán a la reproducción ideológica de la llamada 4T.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos 161024

 
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