México ante el desafío de la IA

lunes, 9 de febrero de 2026

Las tendencias tecnológicas viajan en estos tiempos en opuestas direcciones. Las políticas que se emprenden para aprovechar o insertar las tecnologías en las sociedades se mueven como si estuvieran simultáneamente inmersas en vientos alisios y contraalisios. Ejemplo de esto son las medidas que toman gobiernos de diversas naciones para frenar el uso de las nuevas tecnologías en adolescentes y jóvenes; dicen que es de protección para los jóvenes y para robustecer sus capacidades cognitivas, pero al mismo tiempo se trazan políticas para que la inteligencia artificial (IA) sea impulsada entre las nuevas generaciones para reforzar su capacidad de agencia.

Lo cierto hoy es que las naciones impulsan políticas públicas contradictorias, la generación y olvido de las mismas son el ejemplo de que no por impulsar muchas políticas públicas se es más efectivo para conquistar el porvenir. Querer alcanzar el cielo con escaleras de papel no es garantía de ofrecer un mejor destino a las sociedades, ya que muchas de tales políticas son el resultado de mentes ideologizadas nutridas por ideas de alucinados especialistas en la conquista del porvenir.

En ese contexto es donde se ubica el informe de la Cepal, Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA), que analiza la situación que la IA guarda en 19 países de América Latina y el Caribe. A partir de la evaluación de 100 subindicadores divididos en tres áreas —investigación, desarrollo y adopción; factores habilitantes (infraestructura, talento, datos); y Gobernanza (políticas, marcos regulatorios, ética)—, se ubica a México en una posición privilegiada y al mismo tiempo absurda. Del análisis se puede extraer que México tiene una posición ambigua respecto a la IA: es uno de los países con mayor adopción cotidiana de tecnologías digitales en la región, pero no figura entre los líderes regionales en el desarrollo estratégico, institucional y científico de la IA. Ciertamente, esto no es exclusivo de México, pero en su caso es destacado debido al peso de su economía, su demografía y cercanía y relación comercial con Estados Unidos.

México es perfilado como un país con potencial significativo, pero también con limitaciones persistentes que lo diferencian de los países considerados pioneros, como Chile, Brasil y Uruguay, y al mismo tiempo lo acercan a naciones con avances discontinuos. En el mapa regional del ILIA, nuestro país se ubica en una posición intermedia: por un lado, no está rezagado en términos absolutos, pero por otro lado tampoco lidera el ecosistema regional de IA. Esta ubicación refleja un patrón recurrente en la historia del desarrollo mexicano: avances importantes en adopción tecnológica y mercado —de inmediato se sube al tren de las tecnologías emergentes—, pero acompañados de debilidades en gobernanza, investigación e innovación propia. Un ejemplo está en las inversiones en educación, en donde México está lejos de las sugerencias de inversión en dicho sector que establece la Unesco, que recomienda destinar entre el 4 y el 6% del PIB, ya que actualmente se destina el 2.9%. Esta precariedad presupuestal es una situación que viene de lejos, pero a pesar de eso los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto superaron a la actual oficialismo en inversión en educación.

El ILIA indica que a diferencia de Chile, que ha logrado articular una estrategia nacional de IA relativamente coherente y sostenida, o de Brasil, que cuenta con un aparato científico-tecnológico más robusto y una mayor inversión pública en investigación, México presenta una fragmentación institucional notable. Existen iniciativas dispersas —en universidades, centros de investigación, dependencias públicas y empresas—, pero no existe una coordinación efectiva y una visión de largo plazo, lo que limita la capacidad del país para convertir a la IA en una herramienta de desarrollo productivo y social, y relega a la nación a un papel de mero consumidor de tecnologías diseñadas en otros contextos.

Otro de los aspectos que contrata a nuestro país y los países líderes del ILIA se ve en lo que se describe como los factores habilitantes, en particular la infraestructura y datos. México cuenta con polos de alta conectividad y capacidades digitales avanzadas —principalmente en grandes ciudades—, pero convive con amplias zonas con conectividad precaria y acceso limitado a servicios digitales básicos. Esta desigualdad territorial reduce el impacto potencial de la IA como política nacional. A pesar de que pomposamente se dijo en el sexenio pasado que el país estaría pronto en su totalidad conectado, que se alcanzaría las zonas más marginales y agrestes, lo cierto es que fue retórica. Esto es aberrante si se compara con naciones como Uruguay, que ha logrado una cobertura digital más homogénea, lo que facilita la implementación de políticas de datos abiertos, servicios públicos digitales y soluciones de IA a escala nacional. Chile, por su parte, ha avanzado de manera sistemática en la gobernanza de datos públicos, elemento que el ILIA identifica como clave para desarrollar aplicaciones de IA en el sector público.

Pero esta tendencia de usar mal los anteojos, lo tenemos en el país con el anuncio de la creación de la supercomputadora Coatlicue, que se propone sea la supercomputadora de mayor potencia en Latinoamérica; en alguna entrevista José Merino, titular de la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones, hizo referencia a que será una herramienta eficaz para «potenciar trámites administrativos», lo cual es lamentable. No sé si Merino lo dijo por desconocimiento, o por ese frenesí populista al que es afecta la actual administración. Es verdad que las supercomputadoras sirven para apalancar procesos administrativos complejos: detección de fraudes, optimización de sistemas fiscales, análisis masivo de expedientes, simulaciones de políticas públicas, interoperabilidad de bases de datos… En varios países, en ocasiones, se usa cómputo de alto desempeño para efectuar esas tareas. Sin embargo, el problema es que se presente tal uso como la finalidad principal de Coatlicue, ya que es no saber distinguir entre infraestructura administrativa y ciencia computacional avanzada, es subutilizar una infraestructura que debe ser estratégica para formar y potenciar capacidades científicas.

En términos del ILIA, y para concluir, esto es un fiel reflejo del bucle en que está inmerso México: mucha adopción tecnológica pero poca visión de desarrollo estructural; incluso en naciones como Brasil, Chile o Argentina, las supercomputadoras están asociadas con ciencia, universidades, investigación estratégica, formación de talento avanzado. Pero aquí se refleja otro aspecto destacado por el ILIA cuando analiza el tema de la formación de talento especializado, ya que México cuenta con universidades de alto nivel y una comunidad científica importante, con gente con formación avanzada en IA pero insuficiente frente a la magnitud del desafío. La mayoría de los programas se concentran en áreas aplicadas o en el uso de herramientas, más que en el desarrollo de capacidades profundas en matemáticas, estadística y aprendizaje automático. Y el contraste, como siempre nos sirve para saber en donde andamos parados: Brasil, por ejemplo, ha sostenido durante décadas una inversión relativamente constante en posgrados, investigación científica y formación doctoral, lo que le permite contar con una base más amplia de especialistas en IA. Chile, aunque con menor escala, ha apostado por la concentración estratégica de talento y por la vinculación entre universidades, Estado y sector productivo.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos

 

Educación digital y contradicciones

miércoles, 28 de enero de 2026

Sin rubor alguno pasamos del entusiasmo desmedido por el porvenir a un retraimiento que se sumerge en lo incierto del futuro. Primero se habló de conquistar el devenir de mano de las nuevas tecnologías en el campo educativo, pero ahora ya se piensa que lo bueno y realmente revolucionario estaba en el pasado. En una época lo digital era la panacea que sacaría de la oscuridad a las nuevas generaciones, era la ruta para que los infantes se pertrecharan de nuevas competencias, pero ahora se dice que en los formatos convencionales y la sustitución de lo digital por libros en papel en el aula es en donde está la capacidad de agencia de las nuevas generaciones.

La educación digital tiene un sólido caminar que la ha llevado por distintos derroteros y estrategias como la correspondencia o hasta las plataformas en línea e impulsadas por avances tecnológicos y computacionales. El pionero en esto ha sido Estados Unidos, que ya desde los años 60 de siglo pasado impulso PLATO (Programmed Logic for Automated Teaching Operations) que fue el primer sistema de cómputo para aprendizaje y enseñanza asistida por computadora, después le siguieron experiencias en Arpanet en los años 70 y con la Web en la última década del siglo XX o el e-learning por esos mimos años. 

Fue así como la educación se abrió camino y fue adoptada a lo largo y ancho del planeta por diversos países como Reino Unido, Noruega, Francia y varios otros que impulsaron políticas públicas en el campo educativo. Se pensó que con interfaces como tabletas, laptops, o smartphones el éxito estaba seguro; ejemplo de esto es que ya en 2005 se lanzó desde el MIT por su entusiasta promotor Nicholas Negroponte el One Laptop per Child (OLPC) con la idea de entregar laptops de bajo costo a niños, cuestión que pronto se mimetizó y se propagaron las políticas educativas en algunos países de África; en Latinoamérica Uruguay (Plan Ceibal) o Argentina (Conectar Igualdad) fueron también expresiones de ese entusiasmo. Incluso México tuvo su momento de ese frenesí con Enciclomedia.

Pero hoy diversos países viajan en sentido inverso: han implementado prohibiciones o restricciones estrictas sobre el uso de celulares y dispositivos digitales en las aulas de educación básica (primaria y secundaria), motivados principalmente por preocupaciones relacionadas con la distracción o falta de atención, el impacto en la salud mental, el ciberacoso y que en realidad tales recursos no mejoran el rendimiento académico de los infantes. Son medidas que si bien en algunos casos no establecen una prohibición total de la educación digital, sí limitan su uso recreativo o pedagógico. Así, naciones otrora entusiastas por la educación básica apuntalada por las nuevas tecnologías se retractan: Dinamarca, Francia, Corea del Sur, Noruega, Italia, Países Bajos, o hasta algunos latinoamericanos como Chile, Brasil o incluso México empiezan a poner taxativas al uso de smartphones, tabletas o laptops en aulas de educación básica. Estas prohibiciones reflejan una tendencia global hacia entornos educativos más controlados, en donde los maestros y los medios convencionales tienen un papel más destacado, ideas que se amparan en informes de la UNESCO y la OCDE que destacan el riesgo que puede generar el uso de lo digital.

Si no fuera la primera vez que eso sucede sonaría como algo incoherente. No es nuevo que el entusiasmo desmedido por el uso de una tecnología es duramente desmentido por la realidad y sus resultados. Toda época se piensa a sí misma como el umbral de algo definitorio hacia el porvenir, rara vez como un regreso. Sin embargo, la historia —esa tozuda refutadora— se encarga de recordar que el porvenir no siempre avanza en línea recta: a veces oscila, duda, retrocede, se contradice. En el campo de la educación, este vaivén adopta una forma particularmente curiosa: primero se dice con estridencia que la luz emana de las pantallas, que el conocimiento ha encontrado por fin el manantial y su vehículo natural está en el silicio y los algoritmos; luego, con una mezcla de alarma moral, con pudor o ingenuidad se declara que todo fue una confusión, que se quiso correr rápido y se ha tropezado, que ahora se ve que las promesas prometidas no eran tales, que es urgente volver al papel, al lápiz, al aula sin interferencias digitales.

Los humanos tendemos a investir a cada nueva tecnología de una esperanza desmesurada: le pedimos que resuelva problemas que son, en el fondo, humanos, históricos, inconclusos. Cuando inevitablemente falla —o cuando revela efectos no esperados o situaciones incómodas— reaccionamos con decepción, como si la herramienta nos hubiera traicionado o engañado. Se olvida que fueron los mismos sapiens quienes depositaron en lo digital expectativas casi metafísicas. Se quieren niños humanos, todo poderosos con epistemes fuera de serie, y se quiere que la tecnología resuelva cualquier situación educativa, que termine por emparejar cognitivamente a los alumnos y pasándose por el arco del triunfo historias y particularidades existenciales e incluso biológicas.

Si en varios terrenos esta situación es similar, en el campo educativo se magnifica porque se finca en la educación el anhelo de continuidad y superación. Educar es apostar y competir por un mejor mañana; por eso, cualquier innovación educativa se reviste de una retórica del porvenir y, de paso, de una competencia entre modelos, escuelas y naciones. No decimos simplemente «esto es útil», sino «esto es necesario», «esto es inevitable», «esto es el futuro», «quien no adopte esta tecnología quedará rezagado». Le metemos demasiadas profecías a las políticas educativas, pero como decía el desaparecido Castoriadis: toda profecía cuando se institucionaliza, corre el riesgo de volverse dogma. Y todo dogma, tarde o temprano, provoca su descrédito y herejía.

La historia nos ha enseñado que esos arrebatos de plegarse al pasado son normales, sucede con cada tecnología nueva que se masifica, lo vemos con ese frenesí que muestra un sector de melómanos por los discos de vinil, los amantes de la lectura por los libros en papel para oponerse a la avalancha de los ebooks. Además, son prácticas que se tornan en mecánismos de identificación, que se propalan como modas y llevan a establecer que lo cool hoy está en darle la espalda a la digitalización y aborrecer las distopías, como lo hace un sector de la generación Z. Lo paradójico es que lo que en el pasado era mainstream ahora pasa a ser alternativo.

Pero más allá de esto, en las fluctuaciones que se dan en el campo de las políticas educativas, hoy en algunas naciones se idealiza el pasado educativo como si hubiera sido un espacio de atención plena, de pensamiento profundo y de vínculos auténticos. Se olvida que la escuela tradicional también fue atacada por mecanizar el saber, de constreñir la creatividad, de imponer un canon rígido. El cuaderno y el pizarrón, hoy celebrados como refugios de la concentración, fueron en su día tecnologías nuevas, sospechosas, incluso perturbadoras y que varios quisieron desterrar.

Pero lo paradójico es que mientras unos quieren meter freno a las tecnologías digitales, otros quieren pisar más fuerte el acelerador  con la implementación de la inteligencia artificial (IA) en la educación básica: en China desde el año  pasado se volvió obligatorio el uso de la IA con la finalidad de preparar a las nuevas generaciones para la economía digital, para una educación personalizada y eficiente; lo mismo sucede en Corea del Sur, Estonia o Singapur, que ven la incorporación de la IA en la educación básica en la vía ideal para preparar a las nuevas generaciones para dominar los chatbots y navegar con presteza entre los LLMs y saber vivir en un entorno global más competitivo.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos

La era de la extracción

En el reciente libro de Tim Wu, The Age of Extraction, aborda el fenómeno de la extracción como eje central sobre el cual gira la creación de riqueza de las grandes plataformas de internet. Autor de libros como El interruptor principal. Auge y caída de los imperios de la información o Comerciantes de atención: La lucha épica por entrar en nuestra cabeza, se ha convertido en uno de los estudiosos y expertos más importantes en el campo de los monopolios generados por las grandes empresas tecnológicas. Como una referencia para estudiar lo que pesan los titanes de internet en esta nueva era de comunicación, Wu explica que estos gigantes para reforzar el poder de sus plataformas, viven en una permanente lucha de invención de interfaces y servicios con el fin de conquistar un recurso escaso: la atención humana. Para lograr esto se valen de cuestiones legítimas e ilegítimas.

La técnica siempre ha sido concebida como promesa. Cada máquina parecía una victoria contra la escasez; cada avance, una liberación de las sujeciones del tiempo, del esfuerzo o de la ignorancia. El siglo XX heredó esa fe; aunque ya heridas por la experiencia de las guerras y las ideologías totalitarias, las sociedades occidentales pusieron en marcha el credo por la tecnología. En el escenario de posguerra floreció la teoría de la modernización, que partía de que la tecnología, libre mercado y democracia era una triada indisociable; a fines de milenio, con la irrupción y masificación de internet y las tecnologías digitales, el entusiasmo se potenció bajo una nueva convicción: la red como espacio de igualdad, apertura, comercio  y comunicación universal.

Tim Wu indica que hoy, esa promesa está en entredicho. No porque la tecnología se haya estancado —al contrario, nunca ha sido tan eficaz—, sino porque su fuerza ha revelado una paradoja inquietante: cuanto más se propala una tecnología y cuando más conectados están los humanos, más desigualmente distribuido se encuentra el poder; cuanto más fluye la información, más concentrada está la riqueza; cuanto más se invoca a la humanidad, más prescindibles parecen los humanos concretos. Cuanto más posibilidades existe que técnicamente sea factible alcanzar la democracia, lo que tenemos son líderes autoritarios, populismos desenfrenados de derecha e izquierda, protestas erráticas y a veces violentas, a menudo capturadas por discursos autoritarios que prometen restaurar un orden perdido; así, las plataformas han facilitado el autoritarismo; la democracia, que requiere lentitud, deliberación y mediaciones es despedazada por la economía de la atención que premia lo contrario: rapidez, simplificación, indignación. Eso es caldo de cultivo para que el discurso autoritario prospere.

Pero lo que han inaugurado las plataformas es un periodo histórico que puede ser definido como la era de la extracción. Por tal calificativo Tim Wu no designa un colapso, sino algo más sutil: un desplazamiento del centro de gravedad del capitalismo. Ya no se trata principalmente de producir, sino de extraer; no de crear valor, sino de capturarlo allí donde otros lo generan. Es una mutación silenciosa, pero profunda, comparable a la transición de las economías mercantiles a las industriales, o de éstas a las financieras. Estamos ante una economía que vive de intermediaciones, de peajes invisibles, de datos convertidos en renta. Wu dibuja el esquema de extracción usado por las plataformas, que son los dueños de tales infraestructuras, que ha erigido monopolios en distintos terrenos (nube, mercados, transacciones y atención de los usuarios). Los mecanismos usados para extraer la riqueza es vía el control del acceso a las plataformas, la imposición de comisiones a quienes desean lucrar con las mismas plataformas, capturando los datos de los usuarios, redefiniendo las reglas del mercado, haciendo que otros asuman riesgos mientras ellos capturan las rentas.

Wu dice, apoyándose en una metáfora, que el poder de las plataformas es catalítico: El catalizador no produce la reacción, la acelera y se beneficia de ella sin consumirse. Las plataformas son de esa manera intermediarios, que tienen el lugar privilegiado de ser un mediador imprescindible. Así operan las grandes empresas digitales: no producen contenido, pero amplifican lo que sus usuarios postean; no crean demanda, pero la redirigen; no generan relaciones sociales, pero las que se dan entre las personas las monetiza. De esa manera, el poder se torna más eficaz cuanto menos visible es. El usuario no siente que le cobran, simplemente acepta condiciones. El trabajador no negocia, se adapta a métricas opacas. El consumidor no elige del todo, sigue sus gustos y recomendaciones personalizadas que confunden deseo con destino. La catálisis no es neutral. Al acelerar ciertos procesos —polarización, viralidad, competencia extrema—, las plataformas moldean la vida social. No dictan ideologías, pero sí intensifican pasiones ideológicas. No gobiernan directamente, pero alteran el clima en el que la política se vuelve posible.

En la economía clásica, el capital necesitaba del trabajo como fuente visible de riqueza; la fábrica era el espacio de conflicto, la zona en donde se desprendía la disputa entre empleados y propietarios o gerentes, era reconocible. Hoy, la extracción ocurre en una zona nebulosa: la interfaz. La persona trabaja sin saberlo; el creador depende de la plataforma sin posibilidad de negociar; el pequeño productor existe a condición de ser indexado, rankeado, recomendado o invisibilizado por un algoritmo. En síntesis, en vez de estar ante una nueva economía, se está ante una vieja economía propulsada por nuevas tecnologías, ya que se reproducen, como en el pasado, el monopolio, la renta y el control de infraestructura; así los rancios principios del poder económico, hoy son potenciados por software, datos, redes globales y procesos de automatización.

Otra de las cuestiones que se desprende de la lectura del libro es que un problema central derivado de las grandes plataformas no es sólo la desigualdad económica y la creación de precariado, sino coadyuvar al resentimiento social. Wu observa que las tecnologías contemporáneas, lejos de pacificar, pueden exacerbar divisiones. No porque «radicalicen» por sí mismas, sino porque al mismo tiempo que exponen brutalmente las asimetrías sociales, también tales molestias sociales son aprovechadas por líderes populistas y autoritarios. La figura de Donald Trump aparece como síntoma: su uso de las plataformas sociales, en particular de truthsocial.com y X, muestra cómo ha sido la persona más influyente a escala global, difundiendo su megalomanía imperial, evidenciando cómo el poder político puede aprovechar la lógica algorítmica para generar una pugna permanente.

Para Wu está claro que las plataformas no han fortalecido la democracia, ya que han sido usadas eficazmente por movimientos autoritarios, que se valen de un abanico de mecanismos para amplificar y propagar los discursos extremistas y autoritarios, propalando la desinformación de forma rentable, erosionando las instituciones. En el contexto de Trump, las plataformas le han dado visibilidad permanente, la verdad se subordina al efecto, la polarización y descalificación al por mayor se vuelven habituales y gasolina para encumbrar su figura. La tecnología no dicta el contenido, pero sí amplifica su eficacia. Para Wu las plataformas son aceleradores, no causas únicas, de una deriva antidemocrática.

Otro aspecto destacado que aborda Wu, es el relativo a la inteligencia artificial (IA), tiene una postura mesurada, pero inscrita en su concepción del papel que juegan las grandes plataformas. Ciertamente no la demoniza, pero tampoco comparte el optimismo ingenuo que se propaga en la actualidad. La IA no es un sujeto moral, es una tecnología inscrita en una estructura económica. Bajo las reglas actuales, tiende a beneficiar a quienes controlan los datos, la infraestructura y el capital. Es cierto que la IA puede aumentar la productividad, pero también es verdad que puede desplazar trabajadores, reforzar monopolios y convertir el conocimiento en renta privada. La pregunta no es qué puede hacer la IA, sino quién decide para qué se usa y cómo se distribuyen sus beneficios. Sin reformas estructurales, técnicamente sensatas, la IA no reducirá la desigualdad: la acelerará.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos

Karen y el imperio de la IA

En 2025 la periodista Karen Hao publicó Empire of AI, donde ofrece un análisis profundo y crítico sobre la evolución de OpenAI y el impacto global de la IA. Basado en más de 260 entrevistas, documentos internos y reportajes especializados, el libro no solo examina la historia de OpenAI y su emblemático producto ChatGPT, sino que expone las estructuras de poder, explotación y extracción que sustentan la revolución de la IA contemporánea; señala a OpenAI como una organización nacida con ideales altruistas que se ha convertido en una entidad corporativa dominante, comparable a un imperio moderno.

La IA moderna requiere cantidades sin precedentes de recursos: poder computacional de chips de alta gama, volúmenes masivos de datos, trabajo humano para «limpiar» esos datos por salarios miserables y consumo alarmante de energía y agua. Esa cadena de extracción se manifiesta en trabajadores en Kenia procesando datos por salarios de supervivencia, activistas del agua en Chile defendiendo sus recursos naturales y contra la instalación de centros de datos; la apropiación masiva de propiedad intelectual de artistas, escritores y creadores de contenido alrededor del mundo. Ese es el modelo extractivista impulsado por la búsqueda de la inteligencia artificial general (IAG) y que está por encima de consideraciones éticas, sociales y ambientales.

OpenAI, en este análisis, emerge como el imperio dominante, una entidad que ha consolidado más poder económico y político que prácticamente cualquier estado-nación. Pero el imperio de Sam Altman, no sería nada sin lo fortuito, donde descubrimientos accidentales —como mejoras técnicas en el escalado de modelos o el uso de técnicas como el aprendizaje por refuerzo con retroalimentación humana (RLHF)— redefinieron el campo sin un plan deliberado hacia la construcción de la IAG. Estos ejemplos se extienden al desarrollo improvisado de protocolos para entrenar modelos en miles de chips simultáneamente, o el denominado scraping masivo de datos que inesperadamente mejoró capacidades de codificación. Inicialmente OpenAI se enfocaba en entornos de juegos para aprendizaje por refuerzo, y evidencia de ese cariz fortuito es que Bill Gates tuvo un papel curioso en esto: él no estaba convencido del terreno de los juegos para aplicar la IA, era partidario de chats conversacionales de alto nivel que demostraran el valor de la tecnología; después, quedó impresionado con el modelo de IA de OpenAI poco antes del lanzamiento público de ChatGPT y convenció a Satya Nadella, CEO de Microsoft de aprobar fuertes inversiones en OpenAI. En cierta medida ChatGPT fue resultado de estas exigencias y visión particular de Gates.

Anteriormente la IAG era considerada imposible de lograr, surgió de pronto de un cambio ideológico impulsado por figuras como Ilya Sutskever —otrora jefe científico de OpenAI— y reforzado por Altman y por la misma influencia de Larry Page, que no quería quedarse rezagado en la carrera. Antes de OpenAI, los investigadores se centraban en tareas específicas; ahora, la narrativa era que la IAG era el destino inevitable, alcanzarla se hizo con un fervor casi religioso que raya en la «fe», con una convicción casi mesiánica en la salvación o apocalipsis que racionaliza sacrificios éticos presentes por promesas futuras inciertas.

Para Hao la IA ha desembocado en la conformación de «nuevos imperios», donde, por ejemplo, OpenAI acumula un poder equiparable al de potencias coloniales históricas ya que extrae recursos globales: datos sin consentimiento, contrata mano de obra barata en países del tercer mundo, y recursos naturales como energía y agua. Pero como imperio dominante OpenAI, es quien marcó el camino y el ritmo de la industria de la IA, influyendo en competidores como Google, Meta y Anthropic.  

La validación científica en la IA va a contrapelo de la tradición académica, ya que no hay visibilidad en los conjuntos de datos usados por esas empresas. Incluso OpenAI no sabe siempre lo que contienen sus conjuntos de entrenamiento porque los datos son demasiado grandes para auditarse manualmente. Esa falta de capacidad para caracterizar o replicar los datos utilizados para entrenar un modelo socava los fundamentos mismos de la disciplina científica. Las innovaciones se aplican en productos comerciales primero, luego se dan a conocer en papers tardíos e incompletos. Se prioriza la velocidad sobre la transparencia, erosionando el escrutinio que impone la investigación científica.

Otro tema destacado del libro es la llamada rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China, que la autora tilda de absurda, ya que se soslayan las contribuciones mutuas. Avances clave en deep learning, por ejemplo las llamadas redes residuales (ResNet) fueron desarrolladas por investigadores chinos en la universidad de Tsinghua, que fueron fundamentales para el escalado que habilitó modelos como ChatGPT. Esas innovaciones abiertas demostraron que el progreso al final es colaborativo, no una competencia de suma cero, como se vende en este momento de feroz política proteccionista.

Hay una crítica a la visión utópica de Altman, quien afirma que la IAG eliminará la pobreza y salvará empleos mediante la abundancia económica; estas ideas están basadas en extrapolaciones especulativas de productividad tecnológica, que soslaya las desigualdades actuales entre sociedad y naciones, y los mismos riesgos del desplazamiento laboral. Lo contrario es más factible: explotación laboral, impactos ambientales, desinformación, sesgos y concentración de poder en elites tecnológicas. Hao aboga por un modelo alternativo: sistemas específicos y éticos, como AlphaFold en biología, con datos curados, transparencia y salarios justos, en lugar de modelos generales masivos, lo que suena iluso en un momento de desaforada competencia entre empresas y naciones.

Uno de los descubrimientos más reveladores de Hao es el «daño horizontal»: cada comunidad afectada por el imperio tecnológico experimentó una pérdida total de agencia para autodeterminar su futuro. Esta sensación de impotencia ante fuerzas tecnológicas y económicas aparentemente imparables constituye quizás el efecto más insidioso del desarrollo actual de la IA.

En fin, el libro ofrece una perspectiva necesaria en un momento en que la narrativa dominante sobre la IA oscila entre el optimismo ingenuo y el catastrofismo apocalíptico. Hao nos recuerda que las decisiones sobre el desarrollo de la IA son fundamentalmente políticas y éticas, no meramente técnicas, y que aún tenemos la capacidad de elegir un camino diferente si estamos dispuestos a cuestionar las estructuras de poder que actualmente dan forma a esta tecnología, que independientemente de la postura crítica que se tenga sobre la misma no cabe duda que es revolucionaria. 

Publicado en La Jornada Morelos

Industrias creativas y música

miércoles, 10 de diciembre de 2025

 

Se nos repite, casi como un mantra, que vivimos en la era de las industrias creativas, un tiempo en el que la creatividad, impulsada por la segunda ola de masificación de internet a principios del siglo XXI, se ha convertido en el motor de una nueva economía. Para nadie es un secreto que las redes sociales y la conectividad global se difundieron prometiendo un mundo donde los beneficios de la revolución digital llegarían a todos, pero especialmente a quienes, desde la literatura hasta la gastronomía o la arquitectura, desde la música hasta el diseño o los deportes, podían transformar su talento en oportunidades económicas. En este escenario, se creía que los sistemas de producción autoorganizados, como los describía Yochai Benkler, no solo competirían con los modelos tradicionales, sino que los superarían, mientras que Richard Florida, en su influyente La clase creativa, imaginaba un futuro en el que los artistas y creadores serían los dueños de su propio destino económico. La promesa era clara: en la era de internet, los beneficios serían para todos. Vean lo choice y que los doomers han cambiado

Sin embargo, como ocurrió con la contracultura de los años sesenta —que surgió como una crítica radical al capitalismo pero terminó siendo absorbida y convertida en un motor de innovación para el mismo sistema que cuestionaba—, las industrias creativas no escaparon a una paradoja similar. Lo que comenzó como una alternativa emancipadora, donde la creatividad y la innovación rompían con las estéticas comerciales, terminó por convertirse en una extensión institucional y comercial de las lógicas capitalistas. La creatividad se redujo a un mero recurso económico, un valor agregado que incrementaba el precio simbólico de las mercancías y convertía la expresión artística en un activo escalable. Este giro se refleja en la proliferación de términos como «economía naranja», «distritos creativos» o «clústeres culturales», que, en la práctica, están orientados al turismo, la propiedad intelectual, la competencia entre ciudades y, sobre todo, la precarización del trabajo cultural.

En el ciberespacio, la promesa de democratización también se desvaneció rápidamente. Internet, que en sus inicios parecía un territorio ideal para la libertad y horizontalidad, pronto se plataformaizo o plataformizó. Surgieron empresas que, bajo el discurso de la innovación y la creatividad, terminaron por concentrar el poder en unas cuantas manos. Hoy, desde las artes —publicaciones, películas, música, streaming, cómics, venta de libros, salas de cine, juegos, lucha libre, estaciones de radio— hasta las finanzas y los econegocios, casi todo es “plataformizable” y, por tanto, susceptible de ser controlado por monopolios u oligopolios. Mientras muchos observaban con preocupación esta concentración, Peter Thiel, en De cero a uno (2014), argumenta que «la competencia es para perdedores», que los monopolios son sanos, y aconseja a las empresas monopolizar sus dominios, justificando que, si los consumidores se aglomeran en torno a ciertas plataformas, es porque las mismas satisfacen sus demandas.

El campo musical —primordial en el campo de las industrias creativas— es, quizá, el ejemplo más elocuente de esta transformación. Durante décadas, los artistas sufrieron contratos leoninos que los dejaban al margen de las ganancias. La llegada de internet y las nuevas tecnologías digitales parecieron cambiar las reglas del juego: democratizaron la grabación y distribución musical, fragmentaron las audiencias y restaron poder a los intermediarios tradicionales. En la era analógica, el mercado de la música grabada tenía a músicos, compositores y artistas discográficos en un lado, y los fans u oyentes en el otro. Entre estos extremos estaban quienes gestionaban las interacciones de ambos: un número reducido de sellos discográficos te tamaño descomunal, que controlaban el acceso de los melómanos o fans a los artistas, y de éstos con sus escuchas o seguidores. Internet brindó la posibilidad de distribuir la música de manera gratuita e instantánea por todo el mundo. Fragmentó a las audiencias en un sinfín de comunidades en línea, provocando que la televisión, la radio y la prensa escrita perdieran gran parte de su poder para marcar tendencias. Las redes sociales dieron a los artistas la capacidad de llegar directamente a sus fans por primera vez, abriendo un sinfín de nuevas formas de generar ingresos, como la venta directa de álbumes, entradas y merchandising. También facilitaron el acceso al capital, permitiendo a los artistas pudieran financiar álbumes y vídeos ambiciosos fuera del sistema discográfico, a través de esquemas de crowdfunding permitiendo que los mismos fans financiaran a sus artistas.

Si bien hoy los artistas y/o músicos tienen una relación más equitativa con los sellos discográficos, asociándose para acceder a capital, gestionar sus derechos y distribución, y acceder a personal cualificado de marketing y promoción, así como mapas detallados que les indican dónde deben concentrar sus esfuerzos para llegar a audiencias determinadas. También es cierto, que la aparición de plataformas de streaming ha terminado por generar una concentración de distribución musical en un grupito de plataformas.  El lucrativo mercado del streaming está dominado por Spotify y unas cuantas empresas propiedad de las grandes tecnológicas. En donde doomers y choice se dieron la mano.

Únicamente tres sellos discográficos —Universal Music Group, Sony Music Entertainment y Warner Music Group— controlan actualmente casi el 70% del mercado mundial de música grabada, y también son propietarios de las tres editoriales musicales que concentran casi el 60% de los derechos globales de las canciones. Estas últimas basan su poder en la acumulación de derechos de autor. En Estados Unidos, para las grabaciones posteriores a 1978 la duración de los derechos de autor es la vida del autor más setenta años adicionales, o, en el caso de las «obras por encargo», noventa y cinco años desde su publicación. En el caso de México, es aún más absurdo: toda la vida del autor más 100 años después de su muerte —si fueran dos o más coautores hasta que muera el último empiezan a correr los 100 años—, mismo esquema se aplica a las llamadas «obras por encargo» que derivan de relaciones laborales. 

También es cierto que resultado de que hoy día la música es mucho más barata de producir y distribuir, y que internet ha generado más competencia, las tasas de regalías son más altas que nunca. A diferencia de los años 90 cuando las regalías eran den 5%, ahora el 25% es la norma, e incluso algunas discográficas pagan hasta el 50% en caso de que los músicos no reciban anticipo alguno. Pero ese esquema se desdibuja cuando la música se reproduce en Spotify. Por ejemplo, Spotify paga a los artistas entre 0.003 y 0.005 dólares por reproducción, lo que equivale a aproximadamente, lo que significa que en promedio, un artista puede ganar entre 3 y 5 dólares por cada 1,000 reproducciones (shre.ink/oUhA).

Para tener una idea de esto, Spotify distribuye los ingresos por reproducción de la siguiente manera: El 70% es para los titulares de los derechos, el 30% restante es para Spotify; se entiende que Spotify del porcentaje que obtiene cubre costos operativos, impuestos, tarifas de procesamiento de tarjetas de crédito, gastos de venta y el funcionamiento de la plataforma, con lo que su ganancia neta es mucho menor al 30%. En el caso del 70% de los ingresos a los titulares, eso no va a parar al artista inmediatamente, sino a los titulares de derechos (que son quienes firman los contratos de licencia con Spotify). Estos se dividen en dos categorías: Regalías de grabación (aproximadamente 50-55% del total), que en este caso es para los sellos discográficos. Luego están las regalías publicación (aproximadamente 15% del total), este es el dinero generado por el uso de la composición (la letra y la melodía), que se paga a los editores musicales y a las sociedades de gestión colectiva (como ASCAP, BMI, SACM, etc.). Al final lo que le quede al artista dependerá del tipo de contrato, que en algunos casos el artista puede recibir el 15% de los 0.003-0.003 dólares por stream, mientras que un independiente vía distribuidor retiene casi todo menos una comisión fija. Lo claro es que los ingresos quedan mayoritariamente en manos de los sellos.

Pero en descargo de Spotify, retomo lo que referido por Liz Pelly (Mood Machine): el streaming «fue moldeado por las grandes discográficas». Si bien las compañías de streaming reciben muchas críticas por estos terribles mecanismos de distribución de regalías, fueron las grandes discográficas quienes establecieron ese sistema; debido a que controlan un enorme catálogo de músicos, cualquiera que quiera lanzar un servicio de streaming debe hacerlo a través de ellas y con sus condiciones y/o reglas.

A pesar de esto, las demás plataformas de streaming ofrecen lo mismo porque son los sellos quienes dictan las reglas, salvo en los casos de plataformas alternativas y que puede ser motivo de otros análisis. Solo para tener una idea del poder que tienen los tres grandes sellos o major, señalemos que en conjunto controlan el 69.5% del mercado global de música grabada que se distribuye de acuerdo con Statista de la siguiente manera: Universal Musica, 31.7%; Sony Music, 22.5% y Warner Music, 15.3%. El restante 30.5% del mercado global está en manos de distribuidoras independientes como ADA (propiedad de Warner), The Orchard (propiedad de Sony), Virgin Music (propiedad de UMG), Merlin: Representa a cientos de sellos independientes a nivel global. En fin, que tampoco las alternativas «independientes» parecen estar realmente fuera del mainstream.

Pero el problema con la industria musical es que no solo está integrada horizontalmente, con los referidos tres grandes sellos discográficos, que monopolizan el mercado musical, sino que también está integrada verticalmente. Los tres grandes sellos discográficos —UMG, Sony y Warner— también son propietarios de las tres grandes editoriales musicales, que son: Universal Music Publishing Group —que cuenta con un catálogo de aproximadamente tres millones de pistas—, Sony Music Publishing —que gestiona alrededor de cinco millones de pistas y derechos de autor, lo que la convierte en una de las editoriales más grandes del mundo— y Warner Chappell Music —que cuenta con un catálogo de más de un millón de canciones—. Este trio juega un papel fundamental en la gestión de derechos de autor y la publicación de música para los artistas y sellos discográficos asociados con cada uno de los tres grandes sellos discográficos. Y esto es una fuente de conflictos de intereses.

Ahora en cuanto a la distribución del streaming, por plataforma según Billboard, el panorama está de la siguiente manera e incluyendo usuarios gratuitos y de paga: Spotify, 32.9%; Tencent Music, 14.4%; Apple Music, 12.6%; Amazon Music, 11.1%; YouTube Music: 9.7%. Es claro que Spotify lidera de forma clara el mercado, pero está lejos de «controlarlo» ya que casi el 70% de los suscriptores globales están en otras plataformas. Lo cierto es que si bien Spotify fue clave para sacar a la industria musical del atolladero después del derrumbe de los CDs y de la aparición del intercambio de archivos musicales vía Napster, eso no significa que las major hubieran aprendido la lección e impulsaran un ecosistema de consumo musical, más saludable para los melómanos o fans y para los mismos músicos.

En todo caso, para la comunidad creadora de música lo que se requiere es tener vías alternativas. Una de ellas podría ser, como dice Doctorow, adoptar un modelo centrado en el usuario. En lugar de ir a un solo fondo común, las regalías de grabación de cada suscripción en una plataforma (alrededor del 52% del total) se deberían distribuir entre los artistas que el usuario realmente escuchó. Si un suscriptor, por ejemplo, solo escuchó a determinado músico durante un mes, el importe total (5,19 dólares de una suscripción de 9,99 dólares) iría a su cuenta. De esa manera, se trataría que quienes escuchan menos recompensarían a sus artistas preferidos con regalías más altas. Quienes usan la música como música de fondo en sus actividades aportarían relativamente menos a cada artista.

El problema es que establecer límites mínimos para el costo del trabajo creativo, pueden reducir la cantidad de valor que se llevan quienes no tienen nada que ver con su creación. Al pensar en cómo implementarlos, se puede tomar como referencia a la Unión Europea que exige a sus países miembros a promulgar leyes que otorguen a los creadores el derecho a una remuneración apropiada y proporcionada cuando licencian o transfieren sus derechos exclusivos. Bajo dicha normativa, los creadores tienen derechos exclusivos sobre sus obras, lo que les permite controlar cómo se utilizan y recibir una remuneración por ello. La norma establece que los creadores deben recibir una remuneración apropiada y proporcionada por la explotación de sus obras; asimismo, exige a todos los Estados miembros de la Unión a garantizar que los creadores puedan negociar contratos justos con los explotadores de sus obras. También contempla que se de la transparencia en los contratos de explotación y restablecer el equilibrio entre el poder de negociación de los creadores y los explotadores.

En tal escenario, los creadores siguen transfiriendo sus derechos de autor, tal como se hacen en este momento; pero los sellos discográficos y editores deciden cómo explotarlos, nuevamente, igual que sucede en este momento. La parte sustancial y diferente está en que los creadores mantienen un derecho inalienable a un pago «apropiado y proporcionado» por el uso de su trabajo. Lo más importante es que esos derechos se pueden hacer cumplir directamente a plataformas como Spotify, Amazon, Netflix y YouTube. La nueva ley de la UE se aplica incluso a los contratos que ya se han decidido, lo que significa que los creadores no tendrán que esperar generaciones para aprovechar las protecciones mejoradas.

En fin, son maneras y caminos que se toman para paliar el huracán transformativo que generan las nueva tecnologías en el consumo y la creación artística. Pero en esto no hay magia ni puede ser la panacea para que los músicos puedan vivir de su arte, ya que las mismas tecnologías emergentes que dieron paso a las industrias creativas, que facilitaron que muchos devinieran en creadores, también han terminado por democratizar la creación musical y dar paso a una precarización del sector artístico.  

Publicado en La Jornada Morelos

Las trampas de Audible

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Desde principios del siglo XXI Amazon se percató de que los audios de libros podrían ser una veta de negocio, pero que no se podía usar el podcast para eso, por lo cual giró la cabeza hacia el pasado y se encontró que desde 1990 había empezado a generalizarse el intercambio de archivos de audio vía internet, posible en buena medida a la popularización del formato MP3 y de diversas plataformas de intercambio de tales archivos. De hecho, las grabaciones de libros ya eran algo conocido, desde 1932 se dieron las primera grabaciones de audiolibros que en ese entonces estaban destinadas a personas ciegas o con debilidad visual, que se respaldaban o grababan en discos de vinil. Pero tales grabaciones ampliaron su audiencia: gracias a que la primera masificación de internet trajo consigo la creación y popularización del formato MP3 se hizo factible el intercambio de archivos de audio, entre ellos los audiolibros.

En 1995 Don Katz fundó la empresa Audible que fue pensada exclusivamente para producir audiolibros, al grado que en 1997 ya había lanzado el primer reproductor digital portátil, el Audible Player, para comercializar audiolibros de manera masiva y, de paso, aceleró el intercambio de audiolibros. Pero en 13 años el negocio de Audible no mostró fuerza, por lo cual en 2008 Amazon aprovechó y la compró por casi 300 millones de dólares (shre.ink/oMNN). Con esa adquisición Amazon demostró que todo lo que tenga que ver con los libros es un terreno que tiene que dominar. Amazon no es solo un poderoso comprador de libros, también es un competidor directo de las editoriales; gracias a sus propios sellos editoriales, el mercado de autopublicación y sus producciones de Audible ha copado el negocio de los libros. Los datos que recopila de la competencia le otorgan una enorme ventaja sobre cualquier competidor.

La manera que las editoriales han tratado de enfrentarse a Amazon es convirtiéndose en gigantes de su sector, para lo cual se fusionan. Increíblemente, Penguin y Random House (las dos editoriales comerciales más grandes del mundo) se fusionaron en 2013 creando un gigante de escala escandalosa, y que ahora ha pasado a manos en su totalidad al conglomerado privado alemán Bertelsmann. Incluso este monstruo editorial estuvo a punto de hacerse con más músculo al querer adquirir Simon & Schuster, pero la operación fue frenada por las autoridades regulatorias.

No hay datos precisos sobre que tanto del mercado de audiolibros a escala mundial tiene Audible, en parte porque Amazon no brilla por la transparencia. Además, no pasemos por alto que Audible lo mismo ofrece audiolibros digitales, programas de radio y televisión, que podcasts y versiones en audio de algunas revistas y periódicos. Pero para darse una idea del peso de Audible en el mercado estadounidense, se dice que lo domina con aproximadamente 63% de ventas de audiolibros (shre.ink/oMVZ). No existe una cifra pública confiable y actualizada que ofrezca datos de los ingresos de Audible.

Lo que sí sabemos es que antes de 2014, Audible contaba con las mejores condiciones del sector para los autores: estas condiciones que existieron desde sus inicios hasta 2014 tenían como objetivo atraer a los creadores. La publicación de audiolibros digitales se puso en marcha muy rápidamente, con Amazon controlando el mercado, lo que les dio el poder de introducir condiciones y prácticas desfavorables posteriormente. Su catálogo consta de más de 800.000 títulos, de los cuales unos 3.000 son producciones creadas específicamente para formato de audio y no basadas en libros impresos o digitales previos (shre.ink/obte).

Audible inició de forma seductora ofreciendo a los autores el 40% de regalías siempre y cuando publicaran exclusivamente sus audiolibros en dicha plataforma. Pero el dulce se fue amargando con el correr del tiempo. Después de 2014 Audible modificó sus cláusulas, introdujo unas restrictivas; teóricamente mantiene a los proveedores atados mediante su estructura de regalías acompañadas de un requisito draconiano de que los libros permanezcan en la plataforma durante al menos siete años y el compromiso de que quien publica en dicha plataforma se abstendrá de litigios y demandas colectivas. Sin embargo, la falta de transparencia y en la manera nada pulcra con la cual Amazon opera sus plataformas derivó que a fines de 2020, la Alliance Independent Authors (AIA) denunciara un error en los informes de regalías que mostraba deducciones masivas por devoluciones de títulos.

En enero de 2021 la Authors Guild hizo una declaración en donde señala que desde octubre de 2020 se dio una falta de transparencia en los informes de la plataforma ACX (Intercambio de Creación de Audiolibros)/Audible, que se tradujo que entre 2024-2025 se presentara una demanda de autores independientes que acusaron a Amazon/Audible de prácticas monopolísticas en el mercado de audiolibros; además, la AIA hizo público que entre septiembre y octubre de 2020 se detectaron devoluciones de manera masiva de audiolibros que se presentaron en un solo día, de manera que se devolvían títulos adquiridos varios meses atrás y, por consiguiente, repercutía en las regalías a los autores.

Todo eso se derivó de que Audible prometió a sus clientes que podían devolver todos los libros que quisieran, incluso si los habían disfrutado, lo que fue resultado que Amazon/Audible sin previo aviso a los autores amplió el periodo de devolución de un audiolibro, que pasó de 90 días a 365 desde el momento de la compra, lo cual dio paso a que títulos vendidos varios meses atrás fueran devueltos y reembolsados, dañando a los autores. Para los escritores afectados eso fue una estafa, pero también afectó a narradores que trabajaron con autores de libros con base en el reparto de regalías. Audible creó esa política de devoluciones para retener a sus clientes y mantener a la competencia fuera del mercado, y con eso obligó a los más débiles de ese sistema, autores y creadores, a subvencionarla. Sin duda que eso fue benéfico para los consumidores y para Audible, pero desastroso para los escritores y narradores independientes. No se podría pedir un mejor ejemplo de cómo la prueba del «bienestar del consumidor» —la idea de que solo se combate a los monopolios cuando los consumidores sufren como resultado de sus acciones— convierte al público artístico en cómplice de programas que destruyen la vida de los trabajadores creativos.

Todavía Amazon paga a los autores el 70% de los ingresos de ventas de los libros autopublicados: mucho más de lo que su filial Audible paga por los audiolibros autopublicados. Pero cobrar y tener informes pormenorizados sobre el comportamiento de ventas no es fácil, para los autores requiere apoyo profesional. Pero esa generosa distribución de regalías de Amazon no está motivada por afanes altruistas. Más bien, está diseñada para debilitar a las editoriales mediante la creación de un mercado alternativo que las excluye por completo. Pero este es solo un ejemplo del atropello de estos gigantes a autores y creadores.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos

Maniac, la genialidad y la locura

Las obras de Benjamín Labatut —Un verdor terrible (2020), La piedra de la locura (2021) o Maniac (2023)— son una continua exploración de cómo algunas de las mentes más brillantes de la ciencia moderna unen creatividad y demencia. Cerebros que refugian la locura y dan vida a ideas e invenciones perturbadoras. Mentes que en nombre de su genialidad se adentran a explorar lo incomprensible, a ir más allá de la frontera del conocimiento, franqueando los límites de la razón y en muchos casos terminan por pagar un alto precio.

En Maniac, Labatut continúa su camino exploratorio de algunas de las mentes más brillantes y perturbadas de la ciencia moderna, de quienes se asomaron a los límites del conocimiento y, en muchos casos, la humanidad lo pagó caro. Si en Un verdor terrible el autor chileno presentó una serie de postales sobre científicos que desafiaron el orden establecido, en Maniac profundiza en eso y se centra en la figura contradictoria de John von Neumann, el matemático húngaro-estadounidense cuyas contribuciones moldearon el siglo XX.

El título, Maniac, el mejor libro escrito hasta ahora del autor, tiene un carácter polisémico: por un lado, Maniac alude al nombre de una de las primeras computadoras electrónicas (Mathematical Analyzer Numerical Integrator and Computer) y con una arquitectura diseñada por Von Neumann; pero Maniac también es una palabra que evoca la manía, la obsesión, la locura que acompaña al genio en su forma más pura y destructiva. Para Labatut los genios humanos, con su mente privilegiada, tienen licencia para franquear los límites humanos, dar vida al «alto conocimiento» que se vincula al desenfreno mental.

El libro reúne múltiples voces y episodios para dar cuenta de cómo las grandes mentes son capaces de fundir delirio e inteligencia para dar vida a sus creaciones. Una de las partes de la obra está dedicada al físico austriaco Paul Ehrenfest, quizás la historia más tétrica y fascinante. Amigo de Einstein, Ehrenfest fue la viva imagen del científico humanista, para quien sus descubrimientos eran inseparables de las cuestiones morales; Ehrenfest, tuvo una vida atormentada, le tocó vivir en la época dorada de la física cuántica, del ascenso del nazismo; la mente y psicología de Ehrenfest eran inestables, sus crisis existenciales parecían desenvolverse de acuerdo al nuevo paradigma científico; para Ehrenfest que valoraba la claridad conceptual, los nuevos derroteros de la física le significaron un golpe demoledor; lo personal y lo científico era indisociable, al grado que sus elecciones morales no se sustraían de lo personal, ya que su hijo Vassily, con síndrome de Down, lo sumía en una angustia insoportable por el futuro de su hijo y eso lo condujo, en 1933 —con los nazis ya a la puerta del poder—, a matarlo y posteriormente suicidarse.

La mayor parte del libro se centra en John von Neumann, que es central en la manera en que el autor ve a la IA. Se describe la poderosa capacidad cognitiva de un auténtico atleta de la mente; desde temprana edad von Neumann demostró que era un portento de destreza mental, su mente era capaz de realizar cálculos complejos mentalmente y más rápido que cualquier persona que usara lápiz y papel; von Neumann, un genio que sus contribuciones se ramificaron a campos tan diversos como matemáticas puras, física cuántica, teoría de juegos, computación, economía, estrategia militar e IA; en Maniac se describe como von Neumann estaba rodeado de colegas que tenían por él una mezcla de admiración y terror, de estar frente a una mente fuera de serie e impredecible.

La última parte, «Lee o los delirios de la inteligencia artificial», aborda una partida de Go entre Lee Sedol, campeón surcoreano de Go, y AlphaGo, una IA creada por DeepMind, en donde convergen una batería de técnicas de IA y que destrozaron a Sedol, evidenciando que la inteligencia de silicio entraba a una nueva dimensión y rivalizaba con la humana. La IA al mismo tiempo fue tan humana ya que mostró «alucinaciones», que en vez de evidenciar errores de programación reflejó que la IA al engullir todo el saber humano, también es capaz de absorber la irracionalidad y locura humanas.

Labatut muestra cómo von Neumann, que jugó un papel clave en el Proyecto Manhattan y en el diseño de la bomba atómica, concibió las computadoras no simplemente como calculadoras rápidas, sino como máquinas universales capaces de simular cualquier proceso lógico. Pero si las computadoras eran máquinas universales capaces de simular cualquier proceso lógico, entonces era un artificio poderoso. Además, si los procesos cognitivos y la conciencia podían reducirse a algoritmos, si el cerebro era una máquina de procesamiento de información, como Neumann refería, entonces una máquina universal podía fácilmente reproducir la mente, por lo que se puede decir que sus experimentos con autómatas y sus teorías de autorreplicación fueron un adelanto de lo que hoy tenemos con la IA y toda esa cháchara sobre la singularidad.

En la parte última de Maniac, Labatut da un salto sorprendente: lo que inicialmente parece forzado, en realidad se trata de quitarle a la IA su aura de lógica perfecta y absoluta. Para él, la IA una vez que alcanza cierto nivel de complejidad, empieza a «independizarse», toma caminos que la llevan a producir errores creativos, alucinaciones o textos alejados de la verdad o del sentido común. Pero mal haríamos en pensar que las alucinaciones de las IAs son un fallo de hardware o software, en realidad son la expresión de que la conciencia de la máquina se hace realidad. El paso que va de Maniac a la IA es el camino que va de la etapa en donde el control y la precisión son supremos, a la pérdida de ese control, en donde la máquina ha superado a su creador y ahora produce resultados que no se pueden predecir ni explicar por completo. El paso dibujado por von Neumann de la mente biológica a la mente de silicio, es la historia de cómo el humano pasó de controlar sus creaciones a ser devorado por sus inventos.

Maniac dibuja como el arribo a la IA, es también la llegada a la era en donde el big data se hermana con la ficción, con el spam, con las alucinaciones y las pesadillas. La IA es un espejo deformado de la humanidad, que refleja todas nuestras contradicciones, sesgos y nuestra propia inclinación por deificar el delirio. En resumen, la parte última de Maniac no es solo la exploración directa de lo que es la IA, sino una meditación poética y aterradora sobre la conciencia artificial y lo que significa para la humanidad haber creado una mente que es capaz de reproducir sus propias locuras. Al final, la obra nos enseña las contradicciones humanas, como en nombre de un bien superior se coaligan mentes brillantes y el Estado para crear una bomba con el fin de que sea la solución humanista que la ciencia puede regalar a la humanidad para frenar el apetito expansionista de un orate totalitario que desea crear una raza humana superior, pero en su camino desarrolla una mente de silicio que replica los extravíos mentales de los humanos.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos

La nueva era de TikTok

Desde su lanzamiento en 2016, TikTok creció como espuma, su propuesta de videos cortos de inmediato causó furor entre los jóvenes, al grado que a pesar de que hoy tiene una buena porción de usuarios arriba de 44 años, son las personas que oscilan entre 18-34 años quienes ocupan casi el 67% de la demografía de esa plataforma. Actualmente TikTok tiene más de 1.590 millones de usuarios. Los cinco principales países en millones de usuarios son: Estados Unidos (170), Indonesia (108) Brasil (91.7), México (85.4) y Pakistán (66.9).

En 2018 estuvo disponible TikTok en Estados Unidos, pero dos años después ya tenía sus primeras escaramuzas con el gobierno de Donald Trump, las cuales continuaron con la administración Biden y han dado paso, en fechas recientes, —después de amagues de cierre y del fin de operaciones de esa plataforma en Estados Unidos—, a su venta forzada; la plataforma, pasará a ser gestionada por un conjunto de empresas mayoritariamente estadounidenses.

La firma de la orden ejecutiva presidencial del 25 de septiembre marca un punto de inflexión en la historia de las plataformas digitales globales. Con esa decisión, el presidente Donald Trump autorizó la venta de las operaciones estadounidenses de TikTok a un consorcio de inversores nacionales, delineando así un nuevo capítulo en las tensiones entre Estados Unidos y China. Lo que resulta particularmente revelador en esta operación es la discrepancia entre las valoraciones financieras. Mientras que anteriormente TikTok en el mercado estadounidense se tasaba en aproximadamente 40 mil millones de dólares, la transacción actual estima su valor en 14 mil millones (shre.ink/ST3Q). Esta reducción sustancial invita a reflexionar sobre los factores políticos y regulatorios que pueden reconfigurar drásticamente el valor percibido de un activo digital. Para contextualizar esas cifras, conviene considerar que ByteDance, la corporación matriz, mantiene una valoración superior a los 330 mil millones de dólares, en tanto que TikTok por sí solo alcanza los 100 mil millones a nivel global.

El cronograma establecido para consumar esta transacción se extiende hasta la última semana de enero de 2026. Una vez finiquitada la operación, emergerá una entidad corporativa independiente que asumirá el control integral de las operaciones de TikTok en territorio estadounidense: desde la administración de datos de usuarios hasta la gestión del contenido y el desarrollo del software local. La estructura de gobernanza prevista contempla un consejo directivo de siete miembros, con una composición que garantiza la hegemonía estadounidense mediante seis representantes de ese país frente a un único delegado de ByteDance. Esta configuración no es casual, constituye el mecanismo mediante el cual se asegura que el rumbo estratégico de TikTok en Estados Unidos responda a intereses y prioridades locales, para consolidar una soberanía digital que trasciende la mera propiedad accionaria.

Esta operación constituye un síntoma elocuente de la actual deriva proteccionista de la política comercial estadounidense. Lo que presenciamos no es un caso aislado, sino la consolidación de un patrón sistemático: un cerco regulatorio que limita progresivamente el avance de las corporaciones tecnológicas chinas en el mercado estadounidense. El caso de TikTok funciona como señal de alerta para otras compañías de ese titán asiático, anunciando que sus aspiraciones de expansión enfrentarán un escrutinio regulatorio cada vez más exhaustivo y barreras de entrada progresivamente más infranqueables. Empresas emblemáticas como Huawei, Tencent y Alibaba han experimentado restricciones análogas. Lo que distingue al momento actual, es la sistematización de estas medidas en un marco más amplio de confrontación estratégica. Esto desemboca en una espiral de represalias recíprocas: las firmas estadounidenses que operan en China enfrentan obstáculos equivalentes. Esto evidencia que vivimos una fragmentación del ecosistema tecnológico global.

Algunos analistas han interpretado este movimiento como un acuerdo tácito entre Trump y Xi Jinping para dividirse la demografía de TikTok en esferas geopolíticas diferenciadas. Sin embargo, esta lectura simplifica una realidad más cruda: lo que Estados Unidos no logra contener mediante la innovación, lo neutraliza a través de medidas discrecionales que clausuran mercados y cancelan operaciones de firmas chinas bajo el amparo de la seguridad nacional, mientras simultáneamente blinda a sus propias corporaciones. Esta estrategia se extiende más allá de su territorio; Estados Unidos instrumentaliza su posición dominante en tratados comerciales —como el T-MEC con México y Canadá— para erigir barreras indirectas contra productos chinos.

Recordemos el paradigmático affaire de Huawei. En 2019, Trump prohibió la comercialización de dispositivos de esa compañía argumentando riesgos de espionaje de Huawei a favor de China. Pero el trasfondo era innegable: Huawei lideraba la tecnología 5G, ocupaba el segundo lugar mundial en fabricación de smartphones y competía directamente en el segmento premium de Apple, al que incluso había desplazado del mercado chino. La prohibición hizo que Google vetara el uso de Android en equipos Huawei, erosionando su atractivo en mercados internacionales. Esa intervención regulatoria, presentada como defensa de la seguridad nacional, en la práctica fue un mecanismo que benefició a Apple en los mercados donde Huawei tenía su mayor expansión fuera de China.

No olvidemos que las plataformas chinas encabezan actualmente la innovación digital al integrar entretenimiento, comercio electrónico y servicios múltiples en las llamadas superapps. WeChat inauguró este modelo en 2011, fusionando mensajería, pagos digitales y trámites diversos, mientras TikTok avanza por ese camino donde las empresas estadounidenses han fracasado repetidamente.

El caso TikTok —junto al de Huawei— evidencia que la competencia trasciende lo empresarial para convertirse en un choque entre modelos de desarrollo tecnológico. Estados Unidos busca preservar el dominio de sus corporaciones (Apple, Google, Microsoft) e impedir que China alcance autonomía en semiconductores, 5G e inteligencia artificial. Esa geopolítica condensa las tensiones entre ambas potencias en materia tecnológica y de seguridad nacional, aunque resulta paradójico que los Murdoch —propietarios de Fox News, célebres por el espionaje ilegal— participen en la futura gestión del TikTok estadounidense.

Este diferendo expresa, en última instancia, la balcanización que vive el ciberespacio y donde los Estados moldean cada vez más el acceso a contenidos e información. Pero el futuro de TikTok permanece incierto: China insiste en retener el control del algoritmo de recomendación, por lo que no es improbable la negociación de una licencia en lugar de una transferencia completa a la entidad estadounidense, ya que eso forma parte de la modulación en el acceso a los contenidos. 

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos

Leyes y censura digital

sábado, 27 de septiembre de 2025


La inquietud sobre la privacidad en el entorno digital no es un fenómeno reciente, sino una premonición que germinó en los inicios de la red. Ya en la época de Arpanet, la rudimentaria precursora de internet concebida en la década de 1960, algunas voces académicas anticipaban los riesgos inherentes a la comunicación digital. En 1975, Tad Szulc publicó un artículo en The Washington Monthly advirtiendo que la red tenía el potencial de ser usada por agencias de inteligencia, como la CIA o el FBI, para fines de vigilancia local. A pesar de que la preocupación no era generalizada entre sus pocos usuarios, los expertos en temas de privacidad ya veían en el horizonte el sombrío espectro de la vigilancia gubernamental con las redes de cómputo (shre.ink/ShjR).

Hoy, la red se ha convertido en la plataforma que une a la sociedad global. Internet y la cultura digital alcanzan una masificación sin precedentes. Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), 5.5 mil millones de personas en el mundo son usuarios de internet y existen 5.76 mil millones de usuarios de teléfonos móviles. México, de acuerdo con Global Digital Insights, refleja esa tendencia con el 96.5% de su población usuaria de telefonía móvil y 110 millones de usuarios de internet. Vivimos, como si se tratara de una parodia del pensamiento de Gianni Vattimo, en la era de la «sociedad de la transparencia», una paradoja en la que, a pesar de esa transparencia y conectividad, hemos perdido la certeza sobre el destino de nuestros datos personales. Mientras algunos residen en nuestros dispositivos, una vasta y creciente porción se disuelve en el éter digital, queda almacenado en servidores cuya ubicación y uso desconocemos. La digitalización masiva ha transformado la vigilancia, pasó de ser una preocupación de expertos a una condición cotidiana. La huella digital de cada individuo —desde sus transacciones bancarias hasta sus conversaciones privadas y sus patrones de navegación— son activos de gran valor, no solo para las empresas, sino también para los gobiernos.

Con la masificación y expansión de los servicios en línea, la privacidad dejó de ser un tema exclusivo de especialistas para convertirse en una preocupación central para organizaciones civiles y usuarios de diversas plataformas. Es bien sabido que las empresas ofrecen almacenamiento y servicios gratuitos, ya que los datos generados por los usuarios alimentan sus bolsillos. Compañías como Google y Meta, por ejemplo, proporcionan servicios «gratuitos» a cambio de datos que usan para vender publicidad dirigida, desarrollar nuevos emprendimientos... Pero desde hace rato las mismas entidades estatales usan la red para acopiar datos de los ciudadanos.

En México, se observa una contradicción notable en el discurso sobre la privacidad y los derechos humanos. Aquellos que en el pasado defendían con vehemencia el control de las personas de su información personal, abogando por el derecho a la privacidad como pilar fundamental de la libertad de expresión  y de la misma dignidad humana, han modificado su postura al integrarse al oficialismo. Hoy, argumentan que la privacidad carece de relevancia en relación con los derechos humanos; como representan al «pueblo bueno» en el poder, no debe temerse que el Estado acopie datos personales. Un ejemplo reciente de ese apetito lo ilustra que desde el mes que corre, arrancó el programa piloto para el Registro de Usuarios de Telefonía Móvil, la idea es que para mediados del año próximo toda línea que no esté asociada a un usuario final, a sus CURPs, será suspendida. Esta disposición, enmarcada como una iniciativa de seguridad pública y telecomunicaciones, busca combatir la delincuencia mediante un mayor control sobre la identidad de los usuarios. Incluso se dice que es una medida nada comparable a otras similares que fueron impulsadas en el pasado, pero han sido superadas con creces.

La privacidad, lejos de ser un concepto abstracto, está intrínsecamente ligada a la dignidad humana y al ejercicio pleno de los derechos fundamentales. En este sentido, el debate actual en México no solo refleja un cambio en las posturas de ciertos actores políticos, sino que también invita a reflexionar sobre las implicaciones a largo plazo de sacrificar la privacidad en aras de la seguridad. El gobierno en turno conforma un ecosistema digital caracterizado por una centralización de datos personales y biométricos (huellas, rostro). La implementación de herramientas como Llave MX (que exige la CURP y número de teléfono móvil) para tramitar una acta de nacimiento en línea, o la obligatoriedad para 2026 de la CURP con fotografía y datos biométricos, pasando por las recientes medidas fiscales —aunque aún no aprobadas y posiblemente se retirarán— que exigen a las plataformas de streaming y comercio electrónico un acceso en tiempo real a los registros de sus usuarios en México, no son incidentes aislados.

Lo anterior es una manifestación de una tendencia gubernamental que busca expandir su control, difuminando la línea entre la fiscalización y la vigilancia. Si bien se presentan como soluciones para combatir la evasión fiscal o el crimen, la historia sugiere que tales medidas pueden ser el preámbulo de un control más estricto sobre los ciudadanos, con graves implicaciones para la libertad política y de expresión.

Cuando el Estado centraliza y accede a la información personal de los ciudadanos, crea un perfil detallado de su vida, sus hábitos y sus interacciones. El argumento de la seguridad nacional o la eficiencia fiscal se usan a menudo como mera justificación. Sin embargo, este poder, una vez en manos del gobierno, puede ser tentador de usar para fines más allá de los declarados. La historia de proyectos como el Renaut y el Panaut, los amagues del Código Fiscal en México sobre el rastreo y bloqueo de plataformas digitales o el suprimido artículo 109 de la Ley de Telecomunicaciones, son ejemplos de ese patrón. Más allá de que tales medidas se proponen para resolver el problema delictivo, esos mecanismos generan desconfianza, pueden ser disuasorios de la libertad de expresión y, de paso, demandar robustos mecanismos de protección de esos datos.

Diversos organismos civiles de nuestro país han advertido que las regulaciones referidas y las de internet en curso —además de la reforma judicial y la electoral que se avecina— conducen a una erosión fulminante de la democracia mexicana. La paradoja es que todavía no hemos tocado fondo, ya que se prepara en el Senado la Ley Nacional en Ciberseguridad y legislación en materia de libertad de expresión, lo que puede terminar siendo la cereza del pastel para coronar la implementación de la censura en el ciberespacio.

@tulios41

 Publicado en La Jornada Morelos

La economía colaborativa


Hoy el mundo laboral no puede ser entendido sin la denominada economía colaborativa, que ya alcanza a una porción significativa de personas a escala mundial que directa o indirectamente usan los múltiples servicios o plataformas dedicadas a la susodicha economía. Debe recordarse que los términos economía colaborativa y economía gig están entrelazados, aunque el primero surgió con el despertar del siglo XXI, el segundo nació y se popularizó en 2008 con la irrupción de plataformas digitales, que conectan a trabajadores independientes con tareas específicas, transformando el mercado laboral y ofreciendo una alternativa al trabajo tradicional.

La economía colaborativa es un modelo que propone el uso compartido, el intercambio, alquiler o venta de recursos privados subutilizados, en donde se puede dar o no una contraprestación económica. Al inicio, la economía compartida se difundió como una manera de tener un trabajo/ingreso complementario y con trabajos esporádicos. Previo a esa clasificación surgieron sitios que embonaban con la filosofía de compartir y todo lo que después retomó la economía colaborativa. El espectro es amplio, aquí nos centraremos en los que tienen que ver con los alquileres temporales de espacios físicos, uno de los primeros fue Couchsurfing.com, imitado después por Airbnb y lanzados para ganar un dinero y complementar los ingresos tradicionales, al tiempo que proporcionan a terceros acceso a espacios y hospedaje a precios reducidos.

Un caso paradigmático fue Craiglist, lanzado en los años 90 con el objetivo de proporcionar una manera útil y sin fines de lucro el intercambio de información y difusión de eventos de forma local, en la Bahía de San Francisco particularmente. Craigslist o la misma Couchsurfing, pretendían reducir los gastos del consumidor y ser una alternativa a la dinámica de consumo capitalista. Los centros de recursos comunitarios y los trueques permitían a los usuarios acceder a productos baratos o gratuitos. Poco después, Craiglist le arrebató a los medios impresos la modalidad de sus ingresos por la promoción de anuncios (aviso oportuno), pero al mismo tiempo empezó a ser fuente de inspiración en el intercambio y renta de espacios, conocido como la era del bed and breakfast.

Eso inspiró el surgimiento de sitios como Airbnb, que nació como modelo de bed and breakfast, pero con la peculiaridad de que por un lado era un complemento a los ingresos de las personas, pero al mismo tiempo el compartir un cuarto y desayuno con otros era una manera de que las personas tuvieran un contacto directo, amigable, alternativo tanto en costo como en interacción que un hotel o cualquier sitio de hospedaje convencional. Así que en 2007 Brian Chesky y Joe Gebbia —fundadores de Airbnb— se les ocurrió crear un sitio, «Air Bed and Breakfast», para alquilar colchones inflables en su apartamento a asistentes de una conferencia que no podían tener espacio por la saturación que se vivía en los hoteles. Su ocurrencia fue un éxito, vieron que se podía tener ingresos alquilando recámaras no ocupadas en sus departamentos.

Después el nombre se recortó, a Airbnb, acrónimo de «Air Bed and Breakfast», que pronto se convirtió en una referencia que ha terminado por trastocar la industria de alquileres a corto plazo y el mismo sector hotelero.  Airbnb fue promotor de una versión sui generis, pero moderna y accesible del concepto clásico de hospedaje con desayuno incluido. El éxito de Airbnb al poco tiempo fue evidente, ya que se extendió rápidamente por Estados Unidos y el planeta, fue una alternativa para mochileros y gente con pocos recursos, que buscaban modelos novedoso de hospedaje, además era ideal para quienes rentaban ya que no pagaban impuestos y el sitio se abrió camino para aprovechar las lagunas jurídicas y propalarse, pero al mismo tiempo empezaron a surgir quienes lo vieron como una buena manera de obtener ingresos y se trastocó la idea original de crear un espacio compartido donde tanto anfitriones como huéspedes pudieran interactuar, conocerse y compartir experiencias culturales.

En sus orígenes, hospedar en Airbnb no era compartir sólo el espacio habitado. El hospedaje ofrecía que al tener personas compartiendo espacio en su hogar, Airbnb proporcionaba a los anfitriones la oportunidad de conocer e interactuar con personas de otras ciudades o países. Así que el concepto iba más allá del simple alojamiento; el ethos Airbnb era que los anfitriones compartían su manera de ser, su forma de vivir, su autenticidad con los huéspedes, los introducían en la cultura local, les sugerían actividades únicas y mejorar las experiencias de estadía de sus huéspedes. Sin embargo, estudios como los de Alexandrea J. Ravenelle (Precariedad y pérdida de derechos) indican que la disponibilidad y accesibilidad de vivienda se vieron comprometidas cuando las unidades habitacionales se convirtieron en alojamientos de corto plazo, trastocando la economía local.

La idea original era darle a las personas la oportunidad de que tuvieran un ingreso, pero lo que aconteció fue que estructuras inmobiliarias empezaron a concentrar departamentos en edificios, casas para arrendar bajo la modalidad de estadías cortas, trastocando por completo las ya de por si afectadas dinámicas de alquiler en diversas zonas, generando o siendo uno más de los factores que han dado paso a la denominada gentrificación. Hoy día los anfitriones de Airbnb no suelen «compartir» su casa o «albergar huéspedes», sino alquilar su vivienda a precios que han dejado de ser una alternativa respecto a los hospedajes tradicionales, ya son tan onerosos como cualquier hotel. Es una transformación que erosionó la filosofía original de intercambio cultural y hospedaje accesible, convirtiéndose en un mecanismo que contribuye a la desigualdad habitacional y la gentrificación urbana.

Hoy ya no se trata de compartir espacios y cultura, sino de establecer operaciones comerciales a gran escala con compañías enteras que actúan como intermediarios, manejando múltiples propiedades y con operaciones diarias para asegurar una experiencia rentable para los propietarios. Eso no quiere decir que no exista una porción de usuarios propietarios de sus propios espacios, que gestionen ellos mismo la renta de habitación vía Airbnb, pero el grueso está lejos del modelo de anfitrión individual que compartía su hogar.

Lo cierto es que la economía colaborativa, conformada por un nebuloso conjunto de plataformas y aplicaciones en línea, que prometieron trascender el capitalismo en favor de la comunidad no terminó en eso. No se cumplió la idea de que serviría para fortalecer la comunidad, revertir la desigualdad económica, detener la destrucción ecológica, contrarrestar el apetito materialista, empoderar a los pobres y llevar el espíritu emprendedor a las masas. La economía colaborativa no fue la panacea para los males de la sociedad moderna, al final ha terminado propagando el precariado y trastocando las dinámicas espaciales en las urbes.

*@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos

El futuro de Apple

domingo, 31 de agosto de 2025

Desde su fundación en un supuesto garaje en 1976, pasando por su crecimiento en la década de 1980 hasta su casi bancarrota en 1996 y convertirse en el mayor titán de las empresas tecnológicas, Apple se ha distinguido por fabricar productos refinados, que destacan por su diseño y por vincular sólidamente hardware y sistema operativo. Desde sus inicios la empresa de las manzanas empezó a fabricar sus propios equipos, con su crecimiento empezó a operar importantes fábricas en California, Colorado, Irlanda y Singapur; pero poco antes de que Steve Jobs retornara a la compañía, en 1997, Apple optó por deslocalizar su producción en múltiples fabricantes y países. Su producción se trasladó a Corea del Sur y Taiwán, pasó por México, Gales, República Checa y China, en donde se ha establecido desde hace varios años y en donde fabrica el grueso de sus productos.

El éxito de Apple es impensable sin China, en donde ha logrado producir los mejores gadgets y equipos demandados en el mundo pero sin fabricar ninguna parte de los mismos. Por eso, resultó extraño que en pasados días Apple indicara que incrementó su plan de inversión en Estados Unidos a 600 mil millones de dólares que se aplicarán a lo largo de los próximos años. Aunque ya en febrero de 2025 había referido que invertiría 500 mil millones de dólares, ahora solo agregó 100 mil millones más. (shre.ink/t8VT) Esa inversión tiene el objetivo de calmar las presiones y amenazas de Trump de que si Apple no traslada su producción de iPhones a Estados Unidos, le aplicará aranceles del 25% a sus productos.

Sin embargo, ¿qué factible es que Apple abandone la fabricación de sus productos de China? Siguiendo el análisis de Patrick McGee en Apple in China, es muy complicado que eso sea posible en el corto lapso. Es cierto que a Apple también le urge no depender tanto de China. En lo que sigue nos apoyaremos en lo referido por McGee.

De acuerdo con él, Apple empezó a trasladar en la última década del siglo XX fuera de Estados Unidos, y de manera desigual, la fabricación de sus productos, pero fue a partir de la siguiente década, concretamente en 2007 con el lanzamiento del iPhone, que la manufactura china se volvió crítica e indisociable de Apple. A partir de ese momento, la cadena de suministro de Apple dependió de China, cuando prácticamente la totalidad de proveedores de los productos de Apple trasladaron su manufactura y producción a instalaciones chinas, logrando con ello un ecosistema para solucionar cualquier problema en horas o pocos días, cuestión que en Estados Unidos tardaría mucho más tiempo en solventarse.

Ha sido un matrimonio de conveniencias. Por un lado, China convenció a Apple de ser capaz de fabricar sus productos a una alta calidad, por su parte Apple le hizo ver a Pekín que no era un simple comerciante, sino una especie de mecenas y mentor que financia, capacita, supervisa y abastece a los fabricantes chinos, que prepara mano de obra de alta calidad. En este juego, el autor refiere que no se trata solo de que Apple explote a los trabajadores chinos, sino de que Pekín permite que Apple lo haga, para que China, a su vez, explote a Apple. Se estima que cerca de 30 millones de chinos han sido capacitados por ingenieros y especialistas de Apple.

Pero más allá de los ahorros que China representa, también es importante ese país para Apple como mercado ya que es el tercero en consumo de sus productos: está después de Estados Unidos y Europa. Pero vender y operar en China no ha sido gratuito, Apple ha tenido que ceñirse a las exigencias del gobierno chino y aplicar un fuerte control del contenido del iPhone, que los datos de los clientes se alojen en centros de datos chinos y ha tenido que asociarse con empresas locales y ofrecer su know how a los chinos.

Más allá de esas actitudes convenencieras que caracterizan a los gigantes de internet y al capital en general, Apple se ha visto forzada a buscar alternativas a China. Por un lado, las presiones de Trump y sus represalias arancelarias, amén de que no quiere que Cupertino mantenga su producción en China, pero también porque desde el arribo de Xi Jinping al poder en China en 2013, este ha presionado a Apple para censurar información como obligarla a que invierta fuerte en el país y capacite mano de obra china, haciendo de Apple la mejor fuente de capacitación de alta tecnología en China. Por eso ha empezado a migrar parte de su producción a India y Vietnam.

Pero, de acuerdo con McGee, es difícil imaginar que en corto tiempo Apple prescinda de China. La empresa de Cupertino trabaja con más de 1,500 proveedores en múltiples países. Pero todos los productos pasan por China: el 90% de su producción se concentra en ese país, y sus famosas plantas de ensamblaje en Vietnam e India dependen igualmente de la cadena de suministro centrada en China. Ningún otro país se acerca remotamente a ofrecer la combinación adecuada de calidad, escala y flexibilidad necesaria que ofrece China para remitir al mercado la friolera de 500 millones de productos de Apple al año.

Como dice Kevin O'Marah (especialista en cadenas de suministro y comercio), citado por McGee, sobre la cadena de suministro de Apple: «No es realmente una cadena de suministro global. En teoría, lo es; pero en la práctica, es un conjunto de procesos y productos, ingeniería y producción totalmente diseñado, y todo sincronizado en un solo lugar: [China]» Además, agrega: «Van a tener un problema enorme para salir de [China]». Por si fuera poco, la «velocidad china» es insuperable: la capacidad de realizar las tareas a un ritmo incomprensible para los occidentales y que para nada tienen India o Vietnam. En China, por ejemplo, uno de los proveedores favoritos de Apple, Foxconn, puede pasar de cero productos a 100 mil al día con facilidad, algo impensable de hacer en Estados Unidos, Vietnam o la India. Incluso en Estados Unidos no hay mano de obra que esté al mismo nivel que existe actualmente en China.

En 2024 inició Apple operaciones en India donde apenas se encuentra en las primeras etapas de desarrollo para la «introducción de nuevos productos». En Vietnam, sucede lo mismo. Los dos principales argumentos que respaldan el potencial de la India son su enorme fuerza laboral y su mano de obra barata, pero carece de la flexibilidad que tienen los chinos. Como refiere McGee, lo que China ofrece a Apple no es simplemente mano de obra, sino todo un ecosistema de procesos desarrollado durante más de dos décadas y que no es fácil de sustituir. Por ello, se ve complicado que en los próximos cinco años Apple abandone China.

Lo cierto, es que no podemos pasar por alto que China se ha convertido en un «titán tecnológico», asombra que haya avanzado muy rápido en áreas tan complejas como la electrónica de punta o la misma inteligencia artificial, parte de la respuesta es que Apple les transfirió ese conocimiento en buena medida. Año tras año, Apple tomó los diseños, procesos y conocimientos técnicos más vanguardistas de todo el mundo y los reprodujo y escaló en China.

@tulios41

Publicado en La Jornada Morelos

 
Creada por laeulalia basada en la denim de blogger.